Tierra y lluvia

Ya hay hojas en los árboles. Es eso en lo que pienso cuando recuerdo tu sonrisa dibujarse lenta y abiertamente en tu rostro de confusión. Ese es mi amanecer, cuando sonríes al verme, cuando la suavidad de tus manos complementa la aspereza de las mías, cuando siento cómo encajan los dedos, entrelazándose, del mismo modo que el tejido del universo. Hacía mucho que no escribía, tenía miedo. Y aún lo tengo. Pero eso no me hará retroceder, avanzaré poco a poco, a tu lado, al ritmo que marquen las dudas de tu corazón y las certezas de tu alma.

Es tu rostro la luz de mis pupilas y la paciencia implica un sacrificio arduo y duro para lo que sé, para lo que dentro de mí grita con una furia ensordecedora. Una fuerza titánica, imparable, que se subleva en tu ausencia empujando hacia los ojos pero que se calma cuando apoyas tu cabeza en mi pecho.

¿Acaso no es real? ¿Acaso no brillan más nuestros ojos cuando nos miramos? ¿Y el roce de la punta de tu perfecta nariz, adorable en su discreción y esa delicada redondez, cuando acaricia la mía en lo que llaman un beso de paloma? ¿O era de mariposa?

También es real el dolor, el sufrimiento mutuo, la incansable lucha en la que caminamos sumidos ahora mismo. ¿Qué es esto que puja en mis entrañas sino amor? Mis labios claman por los tuyos aunque saben que ahora deben conformarse con tus mejillas… Pero mi aliento no se rinde y desea reconciliarse con el tuyo, sincronizándose con el latido de tu corazón, mientras nuestras lenguas unan, sin palabras, las entretelas de lo más íntimo y sagrado que nos compone.

Tal vez estoy describiendo un sueño, no puedo dudar de ello tampoco, un sueño que ansío se torne realidad. Realidad como la lección aprendida, como el hueco oscuro y palpitante de nervios, sangre y deseo, que choca en las paredes de mi cuerpo.

Te añoro, te añoro del mismo modo que la tierra seca y cuarteada anhela la lluvia de abril.

Y confío en ello, confío en que siempre, siempre, llueve de nuevo y la tierra brota de vida. Como mi pecho de ilusión cuando siente tu rostro descansando en él mientras mis brazos, solitarios cuando no lo hacen, te rodean completa y te susurran una canción que sueño con que pronto puedas cantar de nuevo.

 

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