No seremos los primeros

Ya no es momento para decir eso ni para hacer eso otro tampoco. Ya no se puede pensar, cuando el agotamiento es máximo, que al menos tienes esa otra parte de ti que estará para sujetarte de aquel modo que siempre resulta tan único. No es que no pudiera sentir nada, es que los despertares de noches tan largas son difíciles y no se duerme igual cuando te acuestas bajo los ojos del sol. Ver la pantalla vacía del móvil desespera, sin embargo también parece un presagio de buenas nuevas, de una sorpresa que, en realidad, nunca llega.

Así que ahora es la época de la paciencia, de respaldar lo que se dice de “hay que echarle huevos y tirar y lo demás ya se verá”, por muy jodido que resulte en algunos tramos; la soledad nos mata a todos en algún momento pero siempre se derrama sobre nuestros labios un poco de esperanza; antes o después llegará el momento de la calma absoluta y se borrarán del todo esas lacerantes sensaciones de pérdida; se podrá sonreír de nuevo, completamente, sin una sombra en la comisura de los labios; los ojos relatarán la historia acariciando una cicatriz en lugar de estar hurgando en la herida.

Y seré un hombre de nuevo, cargando con sus errores y arrastrando sus aciertos, esperando tal vez que alguien le diga que sí a si debe dejarlos atrás y seguir caminando hacia adelante. Todo irá llegando poco a poco y al final podré pensar que estás con otro y desear, sin una espina dolorosa en la boca del estómago, que te vaya del todo bien y que encuentres lo que buscas, lo que no sé encontró en todo lugar anterior en el que estuviste. Y estamos cerca de ese río, mi deliciosa amiga  y yo por fin tenemos que pensar en el puente magnífico de Julio César en las Galias porque las aguas, pese no ser turbulentas, sí tienen fuerza.

Pero estamos ahí, ella y yo, a punto de salir de la parte más oscura de este bosque retorcido de antiguos árboles de experiencia y dolor compartido por las almas de los hombres. Estoy ahí para devolverle en sonrisas todos los llantos que forjé en sus hombros, y la gratitud supera con creces la angustia; y la fuerza es más que el dolor; y la ilusión más que la tristeza y… no sé, ya no hay miedo a ir a la cama ni terror al despertar. 

Ahora, cuando me miro al espejo con los ojos medio cerrados aún por el sueño, veo una ligera sombra de tristeza, sí, que se disipa en la luz de estos extraños ojos que tengo y que dicen: “ey, pese a todo, colega, seguimos en pie y no seremos los primeros en morir de amor”.

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