Vectorial

Pensar que estaba ahí mismo y no ser para mí ese lugar. Creo que es peor que simplemente no aparecer. Interpretar unas líneas con toda la seguridad, encontrar un sitio que aparentemente se muestra como tuyo, y descubrir que en realidad no es así. 

Eso es peor que simplemente no tener un sitio. Duele más. Por la equivocación, por el hecho del cambio. 

Pero todo es una mutación constante; dentro del vector de la existencia se suceden puntos desviados que alteran el rumbo rectilíneo del mismo. Nos pierde en la sinuosa naturaleza del destino y nos devuelve otra vez pero nada es igual a como era antes de la variante.

Duele pero el comprenderlo le resta gravedad, tal vez tragedia. El suceso inexorable, la costumbre cordial en el trato correcto. 

Los besos saben bien si salen del alma, y aún mejor cuando los acompañan palabras, palabras que comparten ese mismo origen. Palabras que los envuelven, los respaldan, y te abrazan.

Pero son muchos los errores que arrastro, las consecuencias que pesan sobre mis pasos. Tantos, tan hondos y sanguinarios, que mi mejor testimonio es, a fin de cuentas, callarme la boca y observar en silencio.

Y sonreír porque comprendo que en lo futuro trataré de no causar, de nuevo, este dolor, que es el mismo que he producido ya, a otras personas.

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Needs

 Necesito aire libre, frío, calor, el viento de las tormentas y el agua gélida de las nubes de junio, el aire abrasador de julio y el sudor de agosto. Necesito la humedad de septiembre y la oscuridad de octubre. Los huesos gimientes de noviembre y las articulaciones entumecidas de diciembre. Necesito el frescor de abril tras las promesas de marzo cuando el sol se impone a las ansias nocturnas de febrero. Necesito ese olor fugitivo de previa primavera después del primer mes del año cuando la oscuridad es tan densa que apenas uno recuerda lo que es el sol en verano.

Levántate y camina.

Está sentado. Un aura blanca lo rodea y disimula el humo del cigarrillo. Tras él se extiende un tapiz enorme y azul: el cielo contrasta con su ropa clara, con su luminosidad. Su sonrisa intenta contagiar a mi boca pero apenas lo consigo. Está relativamente cerca de mí pero en realidad la distancia va más allá del tiempo. Lo saludo, como siempre, de nuevo. Sabiendo que las palabras no entienden de límites en este territorio del pensamiento. 

– Hola de nuevo. 

– ¿Qué tal, hijo mío? – me responde preguntando. Exhala el humo del cigarrillo lentamente. Es la menor de las drogas que corrompió su cuerpo. Ahora está bien. La pureza mana de toda su presencia. Está en paz.

– No lo sé, viejo. Ando un poco escaso de todo. A veces me siento fuerte, a veces totalmente derrotado. No lo sé… Necesito guía, supongo. – Me siento un poco avergonzado. Intento descifrar los designios de su mirada. Tan solo sonríe. Plena y sinceramente.

– Todos los que seguís ahí necesitáis guía. Y por ello todos tenéis un guardián y cuando paséis a este lado os convertiréis en guardianes de los que se queden. A ti te sucederá lo mismo y te darás cuenta de que una cosa es guiar y otra muy distinta es poner la vida en bandeja. 

– ¿Puedes venir a mí, por favor? Abrázame, dame tu luz… – me sorprendo casi en la súplica. Me avergüenzo.

– No… no. Sabes que no puedo y que no debo. En serio, querría hacerlo, y quiero – le da una calada al cigarro, que parece no agotarse jamás, y estira su espalda. Está sentado con las piernas cruzadas – pero no debo. Porque ya sabes lo que pasaría. No quiero que seas débil e ir a tu encuentro solo favorecería ese hecho; no quiero que te quedes con mi luz, porque es tu responsabilidad encontrar la tuya propia. Sabes lo que pasaría si tu oscuridad se mezclase conmigo ahora… 

– Lo sé, papá, pero… Cuesta muchísimo y me siento muy  cansado.

– Cansados hemos estado todos alguna vez. Y todos hemos perdido la esperanza. Cuando eso ocurre solo hay una manera de no caer al precipicio… aferrarse a uno mismo.

– No te vayas aún… por favor, quédate…

– Nunca me voy, hijo, siempre estoy a tu lado, a cada paso, en cada sendero. Y lo adoro, pero no voy a hacer lo que me pides. No voy a llevarte en brazos porque tienes piernas, tienes corazón, y yo soy un espíritu. Ánimo, hijo, levántate y camina.