Levántate y camina.

Está sentado. Un aura blanca lo rodea y disimula el humo del cigarrillo. Tras él se extiende un tapiz enorme y azul: el cielo contrasta con su ropa clara, con su luminosidad. Su sonrisa intenta contagiar a mi boca pero apenas lo consigo. Está relativamente cerca de mí pero en realidad la distancia va más allá del tiempo. Lo saludo, como siempre, de nuevo. Sabiendo que las palabras no entienden de límites en este territorio del pensamiento. 

– Hola de nuevo. 

– ¿Qué tal, hijo mío? – me responde preguntando. Exhala el humo del cigarrillo lentamente. Es la menor de las drogas que corrompió su cuerpo. Ahora está bien. La pureza mana de toda su presencia. Está en paz.

– No lo sé, viejo. Ando un poco escaso de todo. A veces me siento fuerte, a veces totalmente derrotado. No lo sé… Necesito guía, supongo. – Me siento un poco avergonzado. Intento descifrar los designios de su mirada. Tan solo sonríe. Plena y sinceramente.

– Todos los que seguís ahí necesitáis guía. Y por ello todos tenéis un guardián y cuando paséis a este lado os convertiréis en guardianes de los que se queden. A ti te sucederá lo mismo y te darás cuenta de que una cosa es guiar y otra muy distinta es poner la vida en bandeja. 

– ¿Puedes venir a mí, por favor? Abrázame, dame tu luz… – me sorprendo casi en la súplica. Me avergüenzo.

– No… no. Sabes que no puedo y que no debo. En serio, querría hacerlo, y quiero – le da una calada al cigarro, que parece no agotarse jamás, y estira su espalda. Está sentado con las piernas cruzadas – pero no debo. Porque ya sabes lo que pasaría. No quiero que seas débil e ir a tu encuentro solo favorecería ese hecho; no quiero que te quedes con mi luz, porque es tu responsabilidad encontrar la tuya propia. Sabes lo que pasaría si tu oscuridad se mezclase conmigo ahora… 

– Lo sé, papá, pero… Cuesta muchísimo y me siento muy  cansado.

– Cansados hemos estado todos alguna vez. Y todos hemos perdido la esperanza. Cuando eso ocurre solo hay una manera de no caer al precipicio… aferrarse a uno mismo.

– No te vayas aún… por favor, quédate…

– Nunca me voy, hijo, siempre estoy a tu lado, a cada paso, en cada sendero. Y lo adoro, pero no voy a hacer lo que me pides. No voy a llevarte en brazos porque tienes piernas, tienes corazón, y yo soy un espíritu. Ánimo, hijo, levántate y camina.

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2 comentarios

  1. Laura said,

    junio 14, 2011 a 11:56 pm

    Espectacular, la piel de gallina de principio a fin.
    Gracias por escribir sobre él 🙂

  2. Mª de la Sierra said,

    junio 15, 2011 a 9:43 am

    Si, Levántate y camina. No podemos cambiar los acontecimientos que pasan ajenos a nuestra voluntad, pero si la forma de enfrentarlos. La victoria o la derrota depende de ello. Me gusta el GUÍA que has elegido.
    Un beso


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