Pájaro Carpintero

He recordado algo. He recordado cuando te esperaba y me esperabas, cuando nos esperábamos. He recordado que mis semanas empezaban en jueves, en días como hoy en los que había un color distinto, un olor diferente. El tuyo.

Miro hacia atrás y observo los días helados, recorriendo la inmensa avenida hasta el instituto, con el viento golpeando las entrañas, sacudiendo el tuétano. A veces me acordaba de mi padre, a veces de nada. Pero siempre sabía, cuando era jueves, que tendría calor para templar mi corazón.

Hoy es jueves. Y lo más maravilloso que ha ocurrido ha sido que un pájaro carpintero se ha posado a mi lado, mientras paseaba a Platón, y se ha puesto a comer al alcance de mi mano. Era precioso. Con la cresta moteada simétricamente, de un color anaranjado como las plumas a su espalda y, justo después de ese color, el plumaje se alternaba a franjas blancas y negras que convergían en un punto. Como puntas de flecha.

Se ha quedado ahí, buscando insectos que comer.

Hoy es jueves y mi semana termina. Pienso en tu sonrisa, en lo fuertes que se volvían tus brazos cuando buscabas mi pecho y en lo ligero que era el mundo, el tiempo, cuando podía hundirme en tu pelo. 

Pero ahora no es así. Nuestras sonrisas son diferentes. Los caminos, como ya hay indicios, que hemos de recorrer a buen seguro serán bien distintos y no será en mis brazos donde te refugies, ni en mi pecho donde descanses. Dónde lo harás no importa, importa que no será aquí, y duele… Pero seremos buenos.

Seremos buenos y nos alegraremos de la felicidad del otro. Recordaremos los días como hoy y los días pasados y pensaremos que ojalá nos esté yendo todo bien.

Y otros días anhelaremos los abrazos, y yo tu pecho y tú mi pelo. En un día cualquiera, en un jueves cualquiera.

Donde la esperanza volará al ritmo de las alas de un pájaro carpintero muy por encima del humo de un Golden Virginia.

Surf

Yo me pido poder llorar. No sé cuántas veces he sentido ya la turbulencia pero los ojos se mantienen firmes en su decisión de ser yermos, eriales dolorosos y dañados que no dejan caer la lluvia que trae la libertad de los sentimientos. Quiero poder llorar una última vez para sentir que la sonrisa florecerá sin la sombra del infortunio. Y lo necesito desesperadamente. Necesito la ruptura esencial, un crujido definitivo, que me impulse hacia adelante y no me permita girar la vista para compadecerme. Me pido saltar sobre el torrente de mis lágrimas, montármelo como un surfista sobre mis mejillas, y llegar a la claridad mental necesaria para saber disfrutar de una verdad innegable. Aún hay vida por delante.

Liquid

No escatimes. No pares. No te bajes ahora. Sigue. Mantente firme. Demuestra que eres fuerte. Demuestra que la quieres. Demuestra que te quieres. No te vayas. No te alteres. Cálmate. Sufre con sabiduría. Aprende hasta qué punto se puede aguantar el dolor. Recházalo cuando ya no sea justo. Piensa en qué mereces; reflexiona sobre qué no. Avanza. Detente. Respira. Observa y piensa. Obtén perspectiva. Afronta el miedo. Miedo a estar solo. Miedo a sentirse solo porque quien amas no parece estar cerca. Vomita. Vomita la sangre coagulada de la bestia interior que te desgarra. Llora. Desahógate. Repite: merezco un descanso. Céntrate. Nadie podría decir que te diste por vencido. Nadie dirá que renunciaste. Nadie podrá decir que ejerciste revancha. Nadie dirá que fuiste estúpido. Nadie podrá decirte que perdiste tu dignidad. Nadie dudará de que la quieres con todas tus fuerzas. Porque has tomado tus decisiones. Has escuchado consejos y los has desoído. Has apreciado el gesto pero has seguido dando tus pasos. Lo estás dando todo hasta la última gota de esencia. Has dado todo de todo lo poco que vales. Ese es el problema. Admítelo, ¿qué puedes ofrecer? ¿Qué puedes ofrecerte? Solo es ruido. Y de entre todo ese alboroto puedes sacar melodías de afecto, de pasión, de amor. Adéntrate en la vorágine. Salta al eje mismo del vórtice. Obvia tu propia existencia. Trasciende si quieres. No tengas miedo a la nada porque nada eres, nada fuiste. Fagocita el dolor convertido en un cúmulo oscuro que levita en un entorno de luz líquida. Sublímate. Escribe estupideces. Como ahora. Mantén la esperanza. Llama con tus manos a las puertas óseas de tu pecho y espera a que tu propia alma te conceda audiencia. Escucha los gemidos mientras tanto. Esos crujidos que oyes son los pasos titánicos de un golem que avanza. Eres ese golem. La tierra abraza cada zancada hacia adelante; la tierra celebra que sigas en pie. Celébralo tú también. Piensa en lo que no tienes y luego en lo que sí tienes. Piensa en lo que te corresponde. Evalúa. Aprende a disfrutar. Muérdete el labio y piensa en la ilusión de un futuro. El futuro que es la chistera del mago y el mago es el devenir. Prepárate para el mejor truco. Todo es magia. Los juegos de color atravesarán las fortalezas de tu cuerpo. Tu consciencia es el último bastión. Los ladrillos de la consciencia pueden crear lastre.

Simplemente… conviértete en aire.

Duerme

– ¿Tienes sueño?

– Muchísimo.

– ¿Y estás cansado? 

– Sí.

– ¿Qué es lo que esperas conseguir?

– Calma. Plenitud. Ilusión. Amor.

– ¿Y cómo?

– No lo sé… no lo sé.

– Pero sabes qué quieres. ¿Qué harás cuando falle tu determinación?

– No tengo tiempo para pensar en ello. De todas formas no creo que acabe. 

– ¿Y por qué no?

– Porque entonces no me quedará nada.

Bosteza

Las medidas son algo justas. Se estira a la par que la luz del sol madrugador se cuela reptando por las rendijas de la persiana. Los dibujos y las sombras que genera lo calman de la desorientación propia del despertar.

Los sueños han sido extraños, no sabe bien dónde se encuentra. Ignora la frontera entre lo onírico y lo real.

Se mueve, desperezándose, y en una milésima de segundo se da cuenta de por qué le cuesta tanto. Sus piernas están enredadas pero no en las sábanas. Hace que su mirada abandone los caprichos artísticos del sol, que flirtea con la pared del cuarto (que no es su cuarto), y comprende.

Comprende que no han sido sueños; comprende a qué se debía el calor; comprende dónde están entrelazadas, como las raíces de un poderoso árbol, sus piernas.

Así que sonríe, la besa y ella musita, más dormida que viva, “buenos días…”, y se estira también, sonriendo, haciendo que él se sienta en el más amplio paraíso jamás concebido… 

Aunque sea una cama de medidas tan justas y un lugar casi por completo desconocido, sabe que no querrá irse de ahí. 

Cuando ella rodea su cuello con sus brazos descubre, sorprendiéndose por lo inesperado, lo más importante de todo: “pertenezco a ella, su abrazo es mi hogar”.

Crisálida

Con cuidado. Pero no puedo. No soy capaz de concebir la vida sin ilusión, sin arriesgar el pulso de mi pecho. Anoche estaba en la cama razonando esa actitud. Me di cuenta de algo: soy así. 

Me ilusiono con facilidad cuando me empeño en lo que quiero, adopto cualquier hecho como una señal y eso, después, lo convierto en una retribución hacia mí mismo. Creo que esta vez merezco lo que quiero, me digo.

Estaba oscuro y hacía mucho calor. Intentaba dormir. Y lo conseguí hablando conmigo mismo. Diciéndome que es mi identidad, que me ilusiono con poco o con nada y que apenas me importa si llega el dolor. 

No pude concretar si es que soy imbécil o si simplemente es mi manera de vivir al máximo. Pero eso es desequilibrado. Magnificar los sentimientos es peligroso y, sin embargo, no puedo evitarlo.

Nunca pensé que habría dos palabras que me harían estremecer de tal modo; no sabía si volvería a escucharlas. Y hoy sigo así. Entre el fuego y el hielo, entre la euforia por reír y las ganas de llorar. 

Subir tan alto con tan poco motor, tirando de cuerpo y de alma, empujado por mis propias ganas. 

Me llamé suicida… hermoso iluso suicida. Y concluí que es verdaderamente difícil, y estúpido pese a lo que haya en juego, resistirse a ser feliz. O a la idea de poder serlo.

Ahora

Después de todo lo que se ha hecho mal, de lo que ha pasado, del agotamiento y el dolor. Después de todo eso solo pido una cosa por justicia: que salga bien, que el amor encuentre el camino. No deseo más que perderme en el tiempo contigo, cogido de tu mano, abrazándonos. 

Fundiéndonos en un beso más allá de todo.

El mismo jodido porro.

Pero cómo no vamos a darle importancia al amor si amor somos y amor es lo que necesitamos y su recuerdo y su fuego y ese frío único. Cómo no si es lo que nos define. En este momento de brecha digital, de pisos embargados que languidecen en el lecho del tiempo estancado; en este instante interminable de sueños que se aplazan, de compromisos inexorables, de “hoy no puedo porque mañana tengo cosas que hacer”… Cómo no vamos a buscar el amor, cómo no vamos a gritar que nos alcance  con toda su fuerza y sus consecuencias mientras nos pintamos una enorme diana en el pecho, una diana dibujada de sangre y deseo, de puro corazón.

Le damos la importancia adecuada a cada cosa, por eso amamos desconsoladamente como si mañana no fuéramos a abrir los párpados, como si el sol no fuese a salir en nuestras pupilas, como si nuestras pupilas solo fueran a ser lunas negras marchitas en un verano gélido. 

Lo hacemos. Le damos la importancia que merece, le entregamos nuestra alma y lo definimos como el centro, el núcleo, el motor. Un motor limpio que intenta resistir la grasa de la perdición del hombre. Porque el amor es eterno, el amor es el hombre y el hombre recuperará el camino, la identidad, y encontrará su esencia más infinita. Porque el alma vuela en esas corrientes y se estanca en los pantanos del dinero, de la obligación y en la densidad del tráfico puesto hasta las cejas del grito irritante del claxon; el alma ensordece cuando las ruedas de los coches rechinan, cuando decimos “mejor otro día” o “no me atrevo” o “es que…”

Así que no nos digáis que exageramos; no nos digáis que no sabemos qué es la vida, que no sabemos lo dura que es y lo difícil que se pone. Porque sí lo sabemos, porque comprendemos qué significa llorar y que por eso estamos más vivos. Porque no creemos en que seamos solo una nómina, un recibo a fin de mes, un lugar concreto en el espacio del tiempo. 

Sabemos eso y más. Hemos mirado a la soledad a los ojos, hemos fumado con el miedo compartiendo el mismo cigarro, el mismo jodido porro; hemos bebido con la angustia, a cara perro, y hemos salido antes que ella de la resaca. Sabemos que el amor duele pero también que duele más no hacerlo o no poder o creer que somos incapaces de ello.

Solo por eso somos inmortales, eternos, amor de verdad que aunque tenga miedo no se acojona.