El mismo jodido porro.

Pero cómo no vamos a darle importancia al amor si amor somos y amor es lo que necesitamos y su recuerdo y su fuego y ese frío único. Cómo no si es lo que nos define. En este momento de brecha digital, de pisos embargados que languidecen en el lecho del tiempo estancado; en este instante interminable de sueños que se aplazan, de compromisos inexorables, de “hoy no puedo porque mañana tengo cosas que hacer”… Cómo no vamos a buscar el amor, cómo no vamos a gritar que nos alcance  con toda su fuerza y sus consecuencias mientras nos pintamos una enorme diana en el pecho, una diana dibujada de sangre y deseo, de puro corazón.

Le damos la importancia adecuada a cada cosa, por eso amamos desconsoladamente como si mañana no fuéramos a abrir los párpados, como si el sol no fuese a salir en nuestras pupilas, como si nuestras pupilas solo fueran a ser lunas negras marchitas en un verano gélido. 

Lo hacemos. Le damos la importancia que merece, le entregamos nuestra alma y lo definimos como el centro, el núcleo, el motor. Un motor limpio que intenta resistir la grasa de la perdición del hombre. Porque el amor es eterno, el amor es el hombre y el hombre recuperará el camino, la identidad, y encontrará su esencia más infinita. Porque el alma vuela en esas corrientes y se estanca en los pantanos del dinero, de la obligación y en la densidad del tráfico puesto hasta las cejas del grito irritante del claxon; el alma ensordece cuando las ruedas de los coches rechinan, cuando decimos “mejor otro día” o “no me atrevo” o “es que…”

Así que no nos digáis que exageramos; no nos digáis que no sabemos qué es la vida, que no sabemos lo dura que es y lo difícil que se pone. Porque sí lo sabemos, porque comprendemos qué significa llorar y que por eso estamos más vivos. Porque no creemos en que seamos solo una nómina, un recibo a fin de mes, un lugar concreto en el espacio del tiempo. 

Sabemos eso y más. Hemos mirado a la soledad a los ojos, hemos fumado con el miedo compartiendo el mismo cigarro, el mismo jodido porro; hemos bebido con la angustia, a cara perro, y hemos salido antes que ella de la resaca. Sabemos que el amor duele pero también que duele más no hacerlo o no poder o creer que somos incapaces de ello.

Solo por eso somos inmortales, eternos, amor de verdad que aunque tenga miedo no se acojona.

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