Crisálida

Con cuidado. Pero no puedo. No soy capaz de concebir la vida sin ilusión, sin arriesgar el pulso de mi pecho. Anoche estaba en la cama razonando esa actitud. Me di cuenta de algo: soy así. 

Me ilusiono con facilidad cuando me empeño en lo que quiero, adopto cualquier hecho como una señal y eso, después, lo convierto en una retribución hacia mí mismo. Creo que esta vez merezco lo que quiero, me digo.

Estaba oscuro y hacía mucho calor. Intentaba dormir. Y lo conseguí hablando conmigo mismo. Diciéndome que es mi identidad, que me ilusiono con poco o con nada y que apenas me importa si llega el dolor. 

No pude concretar si es que soy imbécil o si simplemente es mi manera de vivir al máximo. Pero eso es desequilibrado. Magnificar los sentimientos es peligroso y, sin embargo, no puedo evitarlo.

Nunca pensé que habría dos palabras que me harían estremecer de tal modo; no sabía si volvería a escucharlas. Y hoy sigo así. Entre el fuego y el hielo, entre la euforia por reír y las ganas de llorar. 

Subir tan alto con tan poco motor, tirando de cuerpo y de alma, empujado por mis propias ganas. 

Me llamé suicida… hermoso iluso suicida. Y concluí que es verdaderamente difícil, y estúpido pese a lo que haya en juego, resistirse a ser feliz. O a la idea de poder serlo.

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