Bosteza

Las medidas son algo justas. Se estira a la par que la luz del sol madrugador se cuela reptando por las rendijas de la persiana. Los dibujos y las sombras que genera lo calman de la desorientación propia del despertar.

Los sueños han sido extraños, no sabe bien dónde se encuentra. Ignora la frontera entre lo onírico y lo real.

Se mueve, desperezándose, y en una milésima de segundo se da cuenta de por qué le cuesta tanto. Sus piernas están enredadas pero no en las sábanas. Hace que su mirada abandone los caprichos artísticos del sol, que flirtea con la pared del cuarto (que no es su cuarto), y comprende.

Comprende que no han sido sueños; comprende a qué se debía el calor; comprende dónde están entrelazadas, como las raíces de un poderoso árbol, sus piernas.

Así que sonríe, la besa y ella musita, más dormida que viva, “buenos días…”, y se estira también, sonriendo, haciendo que él se sienta en el más amplio paraíso jamás concebido… 

Aunque sea una cama de medidas tan justas y un lugar casi por completo desconocido, sabe que no querrá irse de ahí. 

Cuando ella rodea su cuello con sus brazos descubre, sorprendiéndose por lo inesperado, lo más importante de todo: “pertenezco a ella, su abrazo es mi hogar”.

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