Ínfimo

Seré libre si aprendo a comprender y le doy más valor a ello que a ser comprendido. Seré libre cuando comprenda que encontrar a alguien cuando lo necesitas es un regalo y que siempre que necesite a alguien no tendrá por qué estar ahí necesariamente.

Seré sabio si entiendo que somos la misma esencia, o parecida, en un viaje propio e íntimo que busca el desarrollo, la alegría, y la supervivencia del modo en que mejor puede.

Estaré en paz cuando consiga que mis oídos sean bálsamo para mi propia voz quebrada, y seré mejor. Porque aunque me pese el mundo no ha de detenerse si yo me paro, ni el dolor ha de recular si avanzo, ni la nostalgia o la melancolía. Seré mejor si les gano el paso, si me muevo con mayor determinación.

Seré mejor, en definitiva, si acepto los regalos que vengan a mí y no espero a que los regalos vengan para aceptarlos.

Abrazaré el milagro y procuraré verlo en la magia de cualquier manifestación honesta. En toda sonrisa auténtica, en todo brillo de ojos, en las hojas casi ingrávidas derramándose por el aire desde las copas de los árboles y en los brotes nuevos tras el invierno.

Mas no aguardaré la satisfacción de mis comandas. Porque a fin de cuentas no soy sino una ínfima parte de un cosmos inmenso, de una existencia eterna, que debe encontrar su sitio, su posición, a través del entendimiento y no del sometimiento del mundo a su juicio y criterio.

Estaré cuando pueda estar, como todos y cada uno, y aprenderé a contener palabras de furia en mi garganta que ahogaré en paciencia, en tranquilidad, mientras recuerde estas palabras.

Libre. Libre de interpretar, de querer comprender, e incluso de exigirle al mundo lo que yo quiera, pero al mismo tiempo sabiendo que el mundo, la vida, me otorgará lo que corresponda.

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¿Señor?

– ¿Qué os ocurre, señor?

– Desgracias. Fiebre; fríos y calores. 

– Pero es algo más.

– Desde luego.

– ¿Y bien?

– Que mientras yo encuentro fiebres y dolores ella halló ya de nuevo amor.

– No seáis cobarde o entrometido. Que por vuestro bien cerrasteis la puerta y lo que os duele es la sesera y no el corazón.

– Lo que vos digáis, hijo. 

– Lo que yo digo. Que la  vida pone a prueba a sus favoritos y vos, mi señor, lo que os ocurre es que estáis cambiando. Que a través de la fiebre y el dolor de los riñones se muere el niño perdido y solo que creyó ser monstruoso y se  va haciendo más el hombre.

– Parecéis mi abuela. 

– Con su abuela, señor, dispongo instructivas conversaciones. Sabia mujer.

– Y que lo digas, hijo, y que lo digas.

– ¿Algo más para el señor?

– Agua. Algo más de agua y de valor si pudiera ser.

– El valor es usted mismo. Que la fiebre no lo derribe, señor, que aquí todos lo admiramos por su templanza y su paciencia y su lucha.

– Agua… agua antes de que la fiebre me tueste las neuronas.

I-samov.

Fíjate en ti. Lo digo con todo ánimo de respeto, fíjate bien. Las circunstancias que te rodean son duras, pero te mantienes firme en tus creencias. A veces caes en la desesperación más profunda, pero cada vez te levantas con mayor determinación para dar lo mejor de ti mismo. Lloras, es cierto, pero sabes que tus lágrimas te limpian y te renuevan por dentro y a la menor posibilidad sonríes de nuevo. Eres alterable, eres imperfecto… y como yo te mueres por sentir al máximo en cada momento.

Lobo blanco

Una mañana te despiertas recordando lo que has soñado: un enorme lobo blanco acaba por acercarse a ti y te abraza y se sienta a tus pies para que lo acaricies. Luego se marcha, pero sin abandonarte realmente. Una mañana, de repente, te despiertas feliz y piensas que estás bien. Que los sueños aún no te han dado la espalda, que queda algo en lo que confiar aunque sea etéreo y volátil. 

Pero es algo.

Así que haces revisión y análisis y todas esas cosas que se hacen cuando se quiere llevar a cabo un balance y le comentas a un compañero de la oficina lo de tu sueño, lo del lobo blanco y demás, y algún detalle que se te viene a la cabeza mientras hablas (es lo que tienen los sueños, recuerdas partes pero conforme los cuentas recuerdas otras cosas nuevas) y él te dice algo como – sí, esa sensación de decir… “estoy bien” -.

Y te sonríes porque es más o menos así. Pero luego llegas a casa y siguen pasando cosas porque el mundo no se detiene y menos aún lo hará por ti o por mí. Simplemente llegas a casa, te pones a pensar y sientes ese vacío extraño que se apropia de todo lo que eres cuando te detienes a contemplar la foto más perfecta que ha hecho el hombre. Una foto que emite una frase y suena como tu canción favorita en el mejor momento. La frase dice algo así como “todo lo que el amor puede ser, es, y significar” y al primer segundo de mirarla es todo color y formas preciosas pero conforme pasan los segundos el peso es abrumador; el color se disipa en lo irremediable.

Así que te das cuenta de que estás algo triste pero que no es necesario, que tampoco merece la pena porque fue amor de verdad, porque en cierto modo aún lo es, y porque sabes que la magia te dijo – oye, pequeño, esta vez quiero conjurar contigo – y por eso hizo que esa chica apareciera tímidamente en los comentarios de aquel viejo blog y con algo más de valentía y arrojo en los renglones de aquellas cartas, mensajeras de ilusión en el verano…

Qué se va a hacer… Es el pensamiento de siempre. La conclusión, es decir, la… En fin, da igual. Como un ruido de fondo. Como el ruido de fondo de los vinilos. Los vinilos suenan de maravilla pero el ruido de fondo, de un modo u otro, es un zumbido gruñente que desvirtúa la música aunque no la situación. 

El recuerdo actualmente es algo así. No desvirtúa la situación pero desmerece ligeramente la melodía. Es una pena. 

Pero en fin, estás mirando por la terraza, observas cómo se mecen las hojas de los árboles y piensas que el Sol acabará por devorarnos a todos y vuelves a lo mismo. Al amor perdido. Al amor tan puro que sabes que aunque otros puedan venir (y dudas incluso de que eso ocurra porque eres mitad de ceniza) será irrecuperable e inigualable y piensas que qué duro será vivir con esa certeza en el corazón y en cada extremo de cada terminación nerviosa.

Es una putada. Una putada que hay que aceptar. Igual que hay que aceptar cosas como que espero verte trayendo a mi perro de paseo; como que alguien saltará en cuanto me vea acercarme a ti… Que querrán que tus ojos solo los envuelvan a ellos.

Y al final, cuando me acabo el cigarro, digo que te amé y te amo con toda la fuerza que puede comprenderse; que deseo que nunca tuvieses dudas al respecto y me voy a la cama.

Voy a la cama y leo, sin pensar en nada más, y me doy cuenta de que estoy soñando, de nuevo, con un lobo blanco que viene a abrazarme. Que me mira y creo entender lo que dicen sus ojos de fuego: esto es aceptarse a uno mismo, y eso es valor.