Lobo blanco

Una mañana te despiertas recordando lo que has soñado: un enorme lobo blanco acaba por acercarse a ti y te abraza y se sienta a tus pies para que lo acaricies. Luego se marcha, pero sin abandonarte realmente. Una mañana, de repente, te despiertas feliz y piensas que estás bien. Que los sueños aún no te han dado la espalda, que queda algo en lo que confiar aunque sea etéreo y volátil. 

Pero es algo.

Así que haces revisión y análisis y todas esas cosas que se hacen cuando se quiere llevar a cabo un balance y le comentas a un compañero de la oficina lo de tu sueño, lo del lobo blanco y demás, y algún detalle que se te viene a la cabeza mientras hablas (es lo que tienen los sueños, recuerdas partes pero conforme los cuentas recuerdas otras cosas nuevas) y él te dice algo como – sí, esa sensación de decir… “estoy bien” -.

Y te sonríes porque es más o menos así. Pero luego llegas a casa y siguen pasando cosas porque el mundo no se detiene y menos aún lo hará por ti o por mí. Simplemente llegas a casa, te pones a pensar y sientes ese vacío extraño que se apropia de todo lo que eres cuando te detienes a contemplar la foto más perfecta que ha hecho el hombre. Una foto que emite una frase y suena como tu canción favorita en el mejor momento. La frase dice algo así como “todo lo que el amor puede ser, es, y significar” y al primer segundo de mirarla es todo color y formas preciosas pero conforme pasan los segundos el peso es abrumador; el color se disipa en lo irremediable.

Así que te das cuenta de que estás algo triste pero que no es necesario, que tampoco merece la pena porque fue amor de verdad, porque en cierto modo aún lo es, y porque sabes que la magia te dijo – oye, pequeño, esta vez quiero conjurar contigo – y por eso hizo que esa chica apareciera tímidamente en los comentarios de aquel viejo blog y con algo más de valentía y arrojo en los renglones de aquellas cartas, mensajeras de ilusión en el verano…

Qué se va a hacer… Es el pensamiento de siempre. La conclusión, es decir, la… En fin, da igual. Como un ruido de fondo. Como el ruido de fondo de los vinilos. Los vinilos suenan de maravilla pero el ruido de fondo, de un modo u otro, es un zumbido gruñente que desvirtúa la música aunque no la situación. 

El recuerdo actualmente es algo así. No desvirtúa la situación pero desmerece ligeramente la melodía. Es una pena. 

Pero en fin, estás mirando por la terraza, observas cómo se mecen las hojas de los árboles y piensas que el Sol acabará por devorarnos a todos y vuelves a lo mismo. Al amor perdido. Al amor tan puro que sabes que aunque otros puedan venir (y dudas incluso de que eso ocurra porque eres mitad de ceniza) será irrecuperable e inigualable y piensas que qué duro será vivir con esa certeza en el corazón y en cada extremo de cada terminación nerviosa.

Es una putada. Una putada que hay que aceptar. Igual que hay que aceptar cosas como que espero verte trayendo a mi perro de paseo; como que alguien saltará en cuanto me vea acercarme a ti… Que querrán que tus ojos solo los envuelvan a ellos.

Y al final, cuando me acabo el cigarro, digo que te amé y te amo con toda la fuerza que puede comprenderse; que deseo que nunca tuvieses dudas al respecto y me voy a la cama.

Voy a la cama y leo, sin pensar en nada más, y me doy cuenta de que estoy soñando, de nuevo, con un lobo blanco que viene a abrazarme. Que me mira y creo entender lo que dicen sus ojos de fuego: esto es aceptarse a uno mismo, y eso es valor.

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