Moon

Por decir algo. Se supone que no se debe hablar o escribir cuando sería mucho más productivo quedarse en silencio. Sin embargo ha habido un momento, al hablar con Erica, que he querido decirle un montón de cosas. Lo cierto es que lo de tomarse las cosas con calma suena de puta madre cuando estás tranquilo. Es esa clase de consejo que das cuando sientes que lo controlas todo en tu vida, cuando crees que solo pueden suceder cosas buenas, que lo mejor está por venir… Todo eso.

Pero cuando no estás en ese punto la cosa cambia. Es… como decirle al montañero que ha perdido el camino que se lo tome con calma porque, a fin de cuentas, todos los días amanece. No puedes contener las ansias, los anhelos, el deseo de un alma dispuesta a la entrega diciéndole que esté tranquila. Que no se apure. Que todo llega… Porque siempre está la posibilidad de que no llegue. Y aun así… Tampoco pido, realmente, una correspondencia definida. Tan solo cobrar algo más de luz para no tener que colorearme, para aplacar un poco estos tintes de sombra en la que me convierto. 

Es algo así como querer estar presente, ser parte de algo, no pasar desapercibido. Sentir que hay alguien con quien merece la pena el esfuerzo de intentarlo. Intentar lo que sea para hallar una compleción, unos trazos que delineen las formas, las geometrías perfectas donde encajar esos anhelos, esa necesidad; donde recoger las aguas limpias que calmen la sed. 

Pero es evidente que esto no funciona así. Que no depende de lo dispuesto que yo esté o de lo honesto que sea. Depende del resto al parecer, de que si no ven los colores que ellos quieren entonces se alejan y te dejan un poco a carboncillo… Y toca lo de siempre. Meterse de nuevo a lo más hondo, coger pigmentos de cielo, de esperanza, de fe, sonrisas y ámbar, para pintarme entero otra vez y chapotear en colores nuevos. 

Pensando, siendo optimista, intentando ser lo más tranquilo posible… Que en alguna parte de ahí fuera está mi criatura de leyenda, mi existencia idónea. El agua de mi sed.

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Blood

He vuelto a casa, aquí, al viejo lugar de antiguas esperanzas y sueños anquilosados en el tiempo. Me ha costado entrar porque no acertaba con la llave y he venido por ti. He venido impulsado por la sangre que se encendió con mi sonrisa el otro día cuando, en el ascensor, te sobresaltaste contenta por un hecho nimio, pequeño. Me maravillé al ver cómo te alegrabas y pensé, sentí, supe que tú siempre serás capaz de sacarme una sonrisa aun cuando las más oscuras alas me lleven en su vuelo. 

He vuelto a casa y tengo mucho que contarte. No sé muy bien por dónde empezar porque en cierto sentido tengo miedo. Me gustaría tanto decirte que todo irá perfecto, que todo irá bien, que esta vez estoy a salvo… Pero dudo. No puedo confiar más en lo que vendrá, tan solo en lo que hay y ni siquiera me atrevo a eso. Te tengo que decir que camino paso a paso y que por eso, tal vez, ya no escribo apenas. Noté en tu voz, el otro día cuando comíamos con mamá, que me echabas de menos a través de las palabras. 

Te lo explico ahora, mi sangre. 

Tengo mucho que decirte pero no me atrevo. La experiencia, a lo largo de los últimos meses, me ha inculcado la paciencia a golpe de martillo, a templanza de yunque, y ando con el corazón agitado. Me dejo llevar por la idea feliz de que todo irá bien, de que… no hay por qué preocuparse. Y en cierto modo no lo hay. Tan solo de una cosa… Pero da igual. Quiero que sepas que aunque no escriba siempre tendré palabras para ti, palabras en voz viva de corazón, de alma, o en silencios llenos de mis ojos al verte.

Quiero decirte que aunque no me veas mientras miras solo tendrás que cerrar los ojos para sentirme; que te pienso a cada instante; que eres el punto en el camino al que miro si me pierdo, un punto que no me ata. Eres el aire que impulsa las alas que sanaste cuando más quebradas estaban. Tal vez ahora llore mientras escribo esto. Tal vez me regocije en mi suerte, en tus brazos firmes, en tu voluntad inquebrantable. En la forma de sacar lo mejor de mí, haciéndolo tan fácil… haciéndome ver que necesitas algo de mí cuando yo creo que no tengo nada que ofrecer. 

Pero sí lo tengo. Mientras esté presente en este tiempo tendré todo para darte. Un lugar en el que descansar, un río para enjugar tus lágrimas cuando las haya, un mural de satisfacción para que dibujes ahí tus sonrisas. A pesar de todo… A pesar de cuanto pueda ocurrir. 

Siento haberte hecho esperar mucho pero lo cierto es que no sabía qué decir, no sé qué contar con claridad, y eso a veces ocurre. Es terrible observar cómo se disipan las ideas, cómo se disuelve en una inventada fatalidad aquello que me define. Pero lo revives. Lo revives fácilmente, sin esfuerzo, sin tener que hacer nada más que mirarme porque da igual lo que digas. Porque puedo entender el significado real de tus palabras cuando hablas desde donde necesitas… Y por eso apenas hace falta que digas nada cuando me llamas para encontrarme. 

Han pasado tantas cosas. Ha cambiado todo. Somos distintos a lo que éramos… y soy más sabio porque sé lo que significa tener una hermana.

Sangre… Solo puedo decirte una cosa sin riesgo a quebrar el encanto. Tal vez, por fin, haya encontrado un nombre de esperanza. Tal vez… Aunque la inquietud persiste como tinta indeleble y, por eso y de nuevo, te necesito.

Igual que necesito mi propia sangre.