Cúmulo

Es tan continuo que resulta evidente. El tiempo se revuelve en un presente extraño, contemplado en la incoherencia,  se mezcla en identidades pasadas, en nebulosas extraviadas del lugar que les corresponde. Y, de alguna manera, todo empuja hacia el mismo destino. Hacia la sensación de que alguien no está donde debe, y creo que ese soy yo.

La desorientación se acentúa en cada paso. Los rostros perdidos de un tiempo anterior se manifiestan de nuevo, es una especie… de oportunismo extraño, de retorno forzado al lugar que decidieron abandonar por voluntad propia.

Y del mismo modo eso me hace creer que yo debería hacer lo mismo que debieran hacer ellos: salir. Encontrar un lugar nuevo, un lugar nuevo dentro de mí mismo y respecto a los demás. Aceptar la soledad, durante el tiempo que sea, y pactar una tregua conmigo mismo y el universo.

Porque es obvio que no estoy haciendo las cosas bien. Quiero decir que… Estoy empeñado en encajar todo esto como un castigo y no tiene por qué serlo. Tal vez sea una lección. Una lección del tipo “te jodieron, te quedaste sin amor, y ahora tienes que ser paciente y tener huevos de aceptar todo el tiempo que sea necesario estar solo”. Algo así, como si me lo hubiera buscado yo. 

Como si en su día no hubiese luchado suficiente. Pero las cosas son así, nunca se ha luchado suficiente, nunca. O eso parece. Yo qué sé. Igual es que estoy demasiado cansado y tengo el problema de ser incapaz de desconectar. De abandonarme a lo que sea aunque sea la misma tragedia, por ejemplo.

El caso es que el espejo revela una verdad incómoda. No tengo buen aspecto, no estoy en un buen momento, y ya he delegado en demasiadas personas. Ahora ellas merecen descanso también. Ya no tiene sentido continuar desgranando la pataleta sobre lo que no me gusta o lo que no me parece justo.

Digamos que la conclusión es que toca joderse, tener paciencia (esa divina virtud que no es que haya perdido sino que nunca tuve), y todas esas historias. Supongo que lo mejor que puedo hacer es empezar a hacer ejercicio de nuevo, reventarme físicamente y ocupar mis pensamientos en el dolor muscular, las agujetas y el fuego quemando el alquitrán de mis pulmones (otra mala decisión la de ponerme a fumar). 

Lo de hacer ejercicio suena bien. Como a darme una nueva oportunidad de lograr algo; como el reto de exponerme a un nuevo fracaso. No lo acabo de tener claro pero creo que solo a base del dolor más esencial seré capaz de empezar a encajar el dolor del espíritu, la incomodidad de un alma que se debate en los límites de mi cuerpo. Que no cabe, que no está a gusto, que simplemente quiere salir pero no puede y yo solo la oigo gritar.

Y molesta. Y duele. Y también asusta.

Pero ya lo arreglaremos a base de sudor. Y seguro que alguna lágrima se escapa por el esfuerzo, que nunca está de más. Ya me estoy imaginando, con cada bocanada de aire para continuar, masticar mi soledad y decirle “mira adónde te mando, hija de la gran puta, que ahora no te quiero ni te necesito. Que aunque me obligaran a tenerte al lado yo no quiero”. O algo por el estilo. 

Pero el nivel de agresividad supongo que será similar porque estoy demasiado doblado sobre mí mismo. Como el papel que lo doblas demasiadas veces sobre sí mismo que acaba no dando más de sí y se convierte en una parte minúscula, rígida, y terriblemente dura. Algo totalmente alejado, distante, y perdido de lo que era en un principio: una extensión prístina y blanca en la que crear los mejores designios, deliciosos trazos, o renglones terroríficos. Cualquier cosa, pero cualquier cosa con la posibilidad de estremecer el alma.

Ahora mismo soy ese papel doblado sobre sí mismo hasta el límite. Me tengo que desatascar, escuchar el crujido voraz de mis articulaciones, el quejido de los músculos, y afrontar la búsqueda de mi fuerza de voluntad que de esta sí que tuve. Que he tenido, que tengo… Aunque le haya buscado aliados adictivos y peligrosos.

Igual he tenido una epifanía a nivel inconsciente y aún no lo recuerdo. Lo ignoro por completo. Solo sé que estoy… en cierto modo enfadado y muy, muy dolido, pero no hay nada que pueda hacer por librarme de ello mediante la retórica. Tengo que encararlo directamente. 

La gente que acabó por enviarme aquí tiene su método de progreso. Tengo la sensación de que soy el pollo más estúpido del corral, el remolino eterno en el mismo cruce del río, el mismo árbol en el estrato inferior del bosque. 

Ahora mismo soy un cúmulo de dolor buscando la suerte de encontrar amor, cariño, una mirada amable y una sonrisa delicada que me destense, que me extienda, que convierta dicho cúmulo de dolor en una extensión armoniosa de calma, de paz, de ilusión.

Pero está demostrado que por ahora eso no está a mi alcance; que no debe ocurrirme todavía. Así que solo puedo ser yo quien destruya esta existencia cumular y me convierta en algo más parecido a lo que me gustaría ser. Lo cierto es que no sé cómo quiero ser pero sí sé que no quiero ser lo que soy… Así que cualquier forma distinta será una evolución. 

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1 comentario

  1. enero 7, 2012 a 6:45 pm

    Me gusta tu decisión. Mens sana in corpore sano. Y la metáfora del papel.
    🙂


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