Fauces

Me dejo caer. Me precipito en la oscuridad y el aire sacude mi ropa y mi cuerpo con una voracidad sedante. Mis músculos se agitan debido al ímpetu producido por la caída y yo sonrío tranquilo. Caigo a través de un pozo oscuro, negro como la noche primigenia de los tiempos, y siento que soy un núcleo de luz. Por eso no tengo miedo. A mi paso observo criaturas temibles, criaturas que conducirían a cualquier hombre hacia el centro propio del temor, pero yo no tengo dudas. Por eso simplemente se acercan, me tocan con sus protuberancias viscosas y apéndices horribles y se marchan. Porque no pueden sacar nada útil de mí, no contengo lo que desean. 

La oscuridad que me invadía se ha disipado desde el momento en el que he decidido sobrepasar el límite de la boca del abismo. De espaldas, con los ojos cerrados. El sonido del viento ha engullido los gritos desesperados del miedo que quería seguir anclado a mí, nutriéndose de mi fuerza, de todo aquello que pudiera ser la semilla de la felicidad. Simplemente caigo y es lo más increíble que he hecho nunca. Voy a llevar la luz a lo largo de este pasillo vertical que no sé dónde termina.

Sé que algo terrible me espera. Algo con unas fauces inmensas, colosales, aguarda a que me aproxime lo suficiente. Esa criatura no distingue. Lo engulle todo, no le importa. Es una bestia ciega y antiquísima que desea crecer más y más, sin comprender, sin esforzarse en nada más que aumentar su tamaño, aumentar sus formas de pesadilla para inspirar aún más terror. Es el final del abismo. Su garganta hace movimientos inquietantes que calientan el aire que ruge en mi caída. Estoy cerca de la criatura. Y oigo sus fauces y puedo oler su saliva ácida. Una saliva que me disolverá casi por completo pero aún me dará tiempo de sentir cómo mi cuerpo se quiebra bajo la cizalla inmensa de sus mandíbulas.

Y es extraño porque sé lo que va a pasar y no tengo miedo. Tal vez sea por eso. A la par que caigo asciendo. Mi cuerpo continúa el trayecto inevitable hacia lo más recóndito del mundo, siervo de la gravedad, pero mi mente se eleva sobre todas las cosas y los seres. Estoy muy cerca y cada vez siento un calor más intenso en el centro de mi cuerpo. Pese a que todo es oscuridad y negrura a mi alrededor siento una luminosidad blanca detrás de mis ojos. Es reconfortante, me da paz. No voy a perder nada. 

Pero sí ocurre algo. Quiero detenerme y me tengo. Me apetece viajar por el universo. Conocer el sistema solar. Quiero hacerlo, quiero ver el Sol de cerca, aproximarme a la divinidad de su calor y contemplar sus manchas, sus explosiones, y quiero pasear sobre la Luna y declararle todo el amor que siento por ella, por su magia, por un romanticismo tribal que alenté desde que era un niño. Sin darme cuenta.

Los planetas del sistema solar se extienden sobre mí. Puedo sentir el palpitar del cosmos al unísono con mi pecho. Mi consciencia comprende cada uno de los puntos de eso que parecía vacío y muerto, apagado y frío. Puedo sentir que el Universo respira. Me acerco a la Luna y me desnudo. Camino en mi nimiedad más definida sobre la piedra gris, el suelo de polvo cósmico que narra tiempos increíbles para una memoria mortal. Pero yo lo abrazo, lo recibo y lo comparto con todas las esencias de vida que se encuentran en este lugar. Un lugar que no es tan amplio y que comparte un origen. 

Recorro la Luna en toda su extensión y compruebo que no soy el primero en venir aquí, pero sí que nadie ha estado aquí vestido. Todos caminaron desnudos o al menos lo hicieron descalzos y las huellas prevalecen en un testimonio imborrable. Sonrío por la vanidad del hombre y cobijo sus sueños como cobijé los míos. Me siento en una roca y observo. Y recuerdo tus formas, y tu voz, y tu nombre y el gesto de tu sonrisa y deseo que ojalá tu mirada hubiera sido para mí y mi nombre para tus palabras. O que lo sea en algún momento.

El inmenso planeta azul se prolonga más allá de esos deseos. Sigo observándolo. Contemplo destellos a lo largo de todo el globo terráqueo y me maravillo. Inmediatamente sé lo que son. Lo intuyo y al mismo tiempo lo comprendo. No hace falta pensarlo porque es evidente. Son las consciencias. Algunas consciencias que comprenden de manera latente que no estamos solos, que no somos una isla en la inmensidad, que la inmensidad, asimismo, no es tan inmensa y no está vacía y hueca. Consciencias luminiscentes que sienten la llamada del origen.

Es tan plácido sentir cómo llegan a mí. Y al mismo tiempo describen caminos parabólicos y se dirigen al corazón de distintas estrellas y se conjugan con los recuerdos de tantas y tantas civilizaciones. No lo saben pero hablan con otras culturas, culturas que las escuchan pero no saben cómo hacerse notar. Y con las consciencias que se marcharon de nuestro lado hace tanto tiempo y que guardan vigilia por los vivos. Es reconfortante comprobar que no hay soledad en la magia de la suspensión gravitatoria, ni pudor, ni frío, ni miedo.

El Universo está vivo… Y parte de esa vida reside en nosotros, en cada parte de lo que comprendemos, tocamos, amamos y sentimos en…

– Despierta… des… ¿por qué sonríes y lloras al mismo tiempo?

– Porque comprendo que… soy. Y porque comprendo que eres.

– Ya. Y somos.

– Sobre todo por eso. Porque somos. Tú y yo.

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3 comentarios

  1. Anónimo said,

    enero 11, 2012 a 10:03 am

    The Fountain.

    • vudugh said,

      enero 11, 2012 a 4:03 pm

      Me encantó esa película.

      Pero esto viene derivado de una noche de insomnio. Aun así sí se le puede sacar cierta relación.

      🙂

  2. Oso said,

    enero 14, 2012 a 11:52 am

    Maravilloso relato, Titán. Como siempre 😉


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