Khue

Aparecí en un claro de la dehesa en la que se encontraba su casa. Una pequeña cabaña de piedra. No podía decirme mucho más. Tan solo que estaba ahí, enrojecido por un baño de sangre, muy pequeño, envuelto en telas de paño blanco y sirviéndome de cuna un enorme espadón adornado con runas en la hoja.

 Se sorprendió de ver que un niño tan pequeño pudiese estar vinculado a un arma tan grande. Se inquietó, me dijo, al verme bañado en sangre y preguntó cómo habría llegado hasta ahí. Me contó que más que sorprenderse de encontrarme ahí se sorprendió de encontrarme sin más, porque ya me había visto en sueños.

 Me confesó que había escuchado una voz que le hablaba. Percibí su miedo, en cierto sentido, a lo que yo pudiera pensar de ella. Vivía sola por una razón, alejada de la ciudad, subsistiendo por sí misma. No había tenido suerte en las relaciones con las personas y decidió dedicarse a la reflexión y la meditación.

 Vivió en soledad. Durante ciclos completos de luna y sol. El tiempo pasó por ella pero sin rozarla, no envejecía. La tierra mutaba a su alrededor pero ella era la roca de la montaña, el agua del cauce del río, la savia en los árboles.

 Cambiando constantemente pero sin envejecer de forma aparente.

 Me dijo que debía esperarme. Y se sobresaltó cuando me tuvo; y se sintió aliviada.

 No tenía leche en el pecho, pero la tierra pareció decidida a ayudarla. No tuve problemas. No enfermé, no crecí débil. Todo lo contrario.

 Sentía cómo evolucionaba. Cómo mi cuerpo se fortalecía y cómo mi espíritu se desarrollaba. Las enseñanzas de la mujer a la que acabé llamando madre me llevaron al camino de lo correcto, a apreciar las pequeñas cosas. A no ser ambicioso ni caer en la codicia que corrompió a hombres mucho más sabios que yo en tiempos inmemoriales.

 Y obedecí porque hallé coherencia y conocimiento en sus palabras. Hallé ternura. Me habló de lo que escuchaba en el viento, de lo que le decía el agua, el suelo, y me leía los versos escritos en las estrellas.

 Aprendí mucho. Aprendí a ver y a escuchar. A ser humilde a base del trabajo duro. Y me contó que antes de los hombres, durante los mismos y aun mucho después de que éstos perezcan habría existencias que perdurarían.

 Durante horas me contó historias, mitos, leyendas, y hechos de los dioses y espíritus de nuestro mundo. Historias de dioses dignos y elevados que sufrieron la caída por las intrigas de otros dioses más codiciosos o con un concepto mayor de sí mismos.

 Así dioses que fueron origen se convirtieron en recuerdo. En espíritus errantes que buscan un restablecimiento del orden, que buscan justicia.

 Y entonces me miró fijamente y dijo “y ellos tienen aún la potestad de elegir a sus instrumentos y honrarlos con justicia cuando el cometido se cumpla”.

 Se levantó de la mesa y caminó hacia la puerta. Con un gesto de su cabeza me invitó a seguirla y lo hice. Me condujo a un claro rodeado de cinco árboles. Cada uno era distinto. Estaba a unos metros detrás de la casa y había un pequeño altar en el centro.

 Se dirigió hasta él y se detuvo a un paso. Me dijo que empujase la losa superior del altar y extrajera lo que era mío pero que al mismo tiempo jamás podría serlo. Yo era joven y fuerte pero esa losa me planteó dificultades. Estaba cansado cuando pude desplazarla lo suficiente.

 Encontré paño blanco, algo amarilleado por el tiempo, y una empuñadura saliendo de la envoltura de tela. – Tal como yo te encontré a ti tú encuentras esta espada; tal como yo te cuidé habrás de cuidarla y no separarte jamás. Vinculados estáis por decisión de un ser superior a ti, hijo mío, y tu vida y la suya serán una algún día si he sabido transmitirte conocimiento y sabiduría”.

 Aparté el paño y observé la vaina modesta de cuero endurecido. Desenfundé. Era un espadón precioso. Su hoja emitía un brillo modesto, profundo, y la luz lo hacía tremolar igual que el caudal del río estimula los reflejos del sol.

 Las runas de la hoja me maravillaron. Las recorrí con los dedos, las estudié, y me resultaron familiares. Por un momento pude leerlas, comprenderlas, pero solo fue un instante. Un espejismo, un destello.

 Pasé horas probando su equilibrio, observando la maravilla de su forma, de su movimiento. Era grácil y delicada pese a su robustez. Parecía… Parecía tener vida, voluntad propia, y sentía su ímpetu en mi sangre.

 “Está viva, hijo. El ser que depositó el alma en ella fue quien te trajo a mí. Es un ser antiguo, un ser traicionado por otros seres de bajo honor. El tiempo no conoce el límite de su existencia ni de su forma. Es eterno, es justo, y es práctico; su nombre es ritual y su uso indiscriminado es terror y destrucción. Es sangre desperdiciada. Cuídala como yo te he cuidado y crece con ella. Entrénate a diario, practica, y márchate en el preciso instante en el que sientas que debes hacerlo. No temas, pues estaré en ti como tú has sido parte de mí; como seremos parte de esa bella hoja”.

 Hice lo que mi madre me dijo. Practiqué, crecí con el espadón y sentí que mi vínculo hacia él se hacía más fuerte. Mi madre me contó lo que el ser le dijo sobre mí, cómo me había encontrado, dónde, y qué hizo para salvarme.

 No sentí ansias de venganza cuando me relató la masacre que sufrió mi pueblo pues yo era demasiado pequeño; no sentí ansia de sangre cuando mi madre me dijo que es el antiguo dios de la guerra quien habita mi espadón. Solo sentí lástima, pena, por todas las almas y la sangre derramada inútilmente por batallas y guerras que no aspiraban a destino mayor sino a simplemente poseer más.

 Mi madre derramó una lágrima cuando dije aquello, puso una mano en mi rostro y dijo: “eres sabio, hijo mío. Estás preparado para marchar. Ponle un nombre a tu espada”.

 Y la llamé Ceniza porque todos los hombres seremos devorados por el fuego del tiempo y solo los dioses permanecerán sobre nosotros y más allá y solo las almas dignas podrán contemplar sin quemarse dicho fuego pues los dioses las habrán tenido en consideración para compartir su lugar con ellas.

 Mi madre sonrió y yo lloré con ella. La hoja se iluminó y pude leer las tres runas: Erenia Gi Ethet

–  ¿Qué significa, madre? – pregunté.

– No lo sé, hijo. Es algo que tendréis que descubrir.   

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