Enfermos

Raquel, Pablo, Marcos… Lo que nos pasa es que nos matamos de ilusión. El diagnóstico ha sido claro. Lo he recibido de manera intuitiva. Lo que nos ocurre es eso. Porque somos así. Porque algo en lo más profundo de la carne, de la sangre, sabe que el glaciar que rodea nuestras almas se fundiría al escuchar a alguien pronunciar nuestro nombre con delicadeza, con deseo, con deleite.

Que somos felices si ese alguien especial se adelanta a nuestros deseos y nos da los buenos días, si nos demuestran que se han acordado de nosotros con el músculo corazón, y con los pulsos del espíritu. Somos felices así, por un instante, si creemos que nos esperan con el mismo anhelo que esperamos.

Estamos enfermos de eso. Una enfermedad deliciosa pero de terrible dolor. Es lo que nos pasa. Que nos desvivimos por que alguien nos beba con sus ojos, que sus pupilas se ensanchen solo para nosotros, para atrapar todo lo que puedan. Para alimentarse. Yo al menos eso pienso. Eso quiero. Es la locura, quizás, las necesidades de un corazón herido y extraviado en los oceánicos parajes del sentimiento de soledad.

Raquel, Pablo, Marcos… Que en las caricias casi furtivas nos llenamos de valor y nos envalentonamos desde la mismísima esencia de lo que somos y nos lanzamos a tocar con toda la piel, a poder expresarnos con las terminaciones nerviosas y decir, con cada pliegue, con cada poro, que estamos cobrando vida con cada milímetro que se excita con el calor ajeno.

El calor de ese alguien que nunca sabemos si es el indicado, el propicio… Pero es lo que somos. Es el precio a pagar, el riesgo a correr, por entregarse a la poesía de las emociones. Porque sabemos perfectamente que la vida sin ilusión no es nada, y que una sonrisa que nos dediquen al vernos supondrá el sol de todo un cosmos, el color único que reúna todos los estados de la mente. Al mismo tiempo. 

Una sonrisa desprevenida, sincera, que se ratifica en la mirada. Que no trae luz porque es luz en sí misma. Como las que damos, las que podemos regalar. Y tenemos, yo por lo menos, tanto frío que nuestra labor primordial es llenar de calor a los demás y, cómo no, sobre todo, a esa persona que no está de más porque sentimos, por repentino que sea, que sin ella volveremos a estar de menos. 

Ya sabemos que no es fácil. Pero nos hemos hecho fuertes a golpe de muro, a cansancio de levantarnos, de seguir firmes, a pecho descubierto con el corazón moviendo su silueta por encima de la carne. Alentando un fuego que adolece por la escarcha y, sin embargo, aún calienta. 

No puedo decir mucho más. He conciliado el sueño con estos pensamientos. Caminando al límite de la ilusión, de la esperanza, tal vez en una dinámica suicida pero, a fin de cuentas, así es como somos. Como soy y como os siento, como os creo.

Y a base de abrazos de soledad comprendemos con más certeza la necesidad del calor humano, del deseo recíproco, del amor correspondido.

Nos hemos hecho hermanos del dolor y eso es algo que se aprecia en el rostro, en el gesto, en la sinceridad de la sonrisa. El dolor… La espera, el deseo que empuja con cuchillas para agolparse en el estómago y hacerse un nudo. 

El precio que debemos pagar por no tener miedo.

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2 comentarios

  1. Dragug said,

    febrero 5, 2012 a 5:12 pm

    Chapo.
    Completamente de acuerdo 😉
    en mi caso = necesito un lanzallamas para derretir la escarcha xD

  2. febrero 6, 2012 a 6:49 am

    Bonita la enfermedad y lo que sale de ella, como esta entrada.


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