Mírame

Mírame mirarte. De mis ojos es el destello fugaz que observas disiparse en ese rincón oscuro. Soy yo quien está detrás de la ventana, aguardando a que despiertes. Te espero con una sonrisa y con mis manos te invito a salir afuera. A salir conmigo de este lugar en el que decidiste asentarte. Te veo convertirte en algo que no eres. Estás pupando hacia una crisálida negra que no es lo que eres. Porque no eres ébano completo, ni petróleo, ni noche abismal de miedo. Eres más cosas.

Estás lejos de casa. Muy lejos de casa. Yo lo sé perfectamente pero estoy contigo. Hazme caso, escúchame escucharte. Oigo tus ruegos, tus plegarias, y bailo con alegría el sonido hondo de melancolía que irradia tu pecho. Fíjate en cómo te amo. Igual piensas que no nos conocemos de nada, que estoy loco, que es precipitado… Pero eso es porque has olvidado quién eres, has olvidado tu fuerza que hace fuertes a otros y no eres consciente de que sigues manteniendo esa virtud; has olvidado tu atención a los detalles y ahora los percibes pero no los disfrutas, los analizas.

Yo soy esa voz que te acompaña cuando empiezas a conciliar el sueño por fin. Soy yo quien te acaricia los párpados, quien besa tus pestañas, una a una, conjurándolas con magia pura de amor, de fe absoluta. 

Mírame espiarte a través del hueco de la puerta entreabierta. Esa corriente de calidez y frío soy yo. Reconócelo, soy yo quien te estremece. Sabes que velo por ti, que sueño contigo, que te mandaré callar cuando te equivoques y que te besaré los labios cuando tengas razón. Déjame volver ahí, a besarte la frente cuando tengas miedo, a devorar tu boca y tu cuerpo cuando no haya más lugar donde dejar correr el torrente de fuego que eres. Tienes frío porque quieres tenerlo, admítelo, ya que estoy aquí para cubrirte.

Sin ropa alguna. Voy desnudo. Y mi alma es lo que ves. Dame la mano, despierta de la pesadilla en la que te arrebujas, esa ropa de cama tejida en hilo de tragedia no es lo tuyo. Mírame adorarte. Eres lo que más quiero, lo único que deseo, mi fuerza vital. Mis ojos ambarinos destellan en tus lágrimas de felicidad y mi corazón cruje de madera vieja si te tambaleas. 

Ven y sal a jugar conmigo porque el sol brilla y por la noche no hará frío y si lo hay nos daremos calor. 

Escúchame decirte que te quiero. Comprende que te sigo a todas partes, que no te dejaré marchar. Que quiero que cruces la ventana, que te estoy llamando para salir. Comprende qué intento. Intento despertarte. Despérezate porque sigo encaramado al anhelo de lo que eres y de lo que tengo para ti.

Comprende que estamos vivos.

Comprende que estoy dentro de ti.

Comprende, por favor, que soy tú mismo dándote mi vida.

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