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La sorpresa conquista el cuarto de estar cuando el abuelo dice que todas las noches, antes de dormirse, la abuela dice “dios quiera que no me despierte más”. Reconozco que suena demasiado fuerte, que a primera vista es aberrante, pero luego recapitulo. Pienso que mi abuela tiene más de ochenta años, que fue una familia humilde. Pienso que perdió hermanos, a sus padres, y seguramente a muchos de los amigos. Posiblemente ya no los recuerde como eran pero sí que permanece el dolor. Sin embargo, y sobre todas las cosas, perdió a un hijo. 

Hago el repaso de nuevo y pienso en cómo tiene que ser eso de jodido. Pienso que cuando algo se acaba, o muere, el corazón puede partirse en infinitos trozos pero siempre podrá ser erigido de nuevo. Incluso más fuerte, más duro, más vivaz. Pero qué puede quedar cuando tu hijo te abandona, cuando “se lo lleva el diablo” como le ha dicho mi abuela a mi hermana. Ahí pienso que el corazón se marchita. No se rompe, ni se parte, ni se deshace. No desaparece la estructura externa que deja un núcleo de reconstrucción. 

Simplemente se marchita. Y la marchitez significa que la vida desaparece en la negrura de lo putrefacto. No es una muerte en sí sino la ausencia de vida. Ausencia de vida. Sin más. Saber que tu corazón no va a latir nunca más tan fuerte como latía, que a una parte de él no le quedará más que la costra de la sangre que se agolpó en uno de sus puntos cuando la noticia fatídica dio forma a la sospecha. Saber que tu corazón tiene una superficie coriácea, reseca, de escarcha de sangre donde se ha grabado a fuego de dolor lo peor que puedes imaginar. Tu hijo se ha ido y no va a volver. Tu corazón es una flor oscura y perdida.

Así que cada latido está descompensado. O algo así me imagino yo. Con cada pulso notas que algo falla, que no está todo el vigor, y si alguna vez te olvidas, por un segundo, de por qué ocurre entonces el recuerdo siempre aflora. El corazón late menos porque le sobra tu vida y le falta la que sacaste de tu vientre. Y eso tiene que ser un infierno.

Un infierno de lágrimas ahogando unos preciosos ojos azules. Un infierno de gritos silenciados en la voz calma y serena del abuelo. En su cabeza cana y su calavera que asoma. Porque son mayores, y están cansados, y entre los dos hacen un corazón siamés del mismo dolor que los unió con punzadas crueles sin nociones de piedad. Y han vivido otras delicias, claro. Pero siempre, en cada vida, en mi hermana, en mí, van a ver la ausencia sulfúrica que devora sus costados. A cada latido, en cada pulso.

¿Por qué no iban a pensar, los dos, ochenta y cuatro años después de haber nacido y veinte después de morir, que no quieren despertar más sino marchar a ver qué tal le va a su hijo? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que hay un momento para todo y que en estos casos no hay más que el deseo de dejarse llevar y que se colmen nuestros anhelos? 

Ellos han vivido y también han muerto en vida. Tienen derecho a ver a su pequeño de nuevo, decirle cuánto lo quieren, que lo han echado de menos. Recuperar su alma de las manos de azufre del diablo y así encontrar paz. Para que el abuelo no tenga que masticar su dolor en hondos silencios; para que la abuela ya no tenga los ojos rojos. Para que solo sea un lejano recuerdo lo que le ha dicho a mi hermana, “que ya no veo apenas de todo lo que lloré por tu padre, el hijo que se me llevó el diablo”.

Así que sin ser cruel ni macabro, sin pretenderlo ni siquiera y con cierto dolor pero también amor, os digo, abuelos, que no pasa nada. Que habéis sido buenas personas y habéis amado a quien os amó. Por lo tanto espero, abuela, que tu deseo se cumpla pronto, que marches, que vuelvas a ver a mi padre.  Que pronto llegue tu última noche y no despiertes porque ha venido a llevarte de la mano.

Y que puedas, por fin, darle todo lo que no te dejaron.

Mind

Sé por qué te he visto. Sé por qué has venido a buscarme y sé quién ha preparado todo esto. Desde mi mente he invocado tu recuerdo, tu existencia, tu persona. Tu persona entramada en todos y cada uno de los hilos del tiempo, de tu tiempo. Del que fue nuestro. Y te he dicho que te dejaba ir al mismo tiempo que yo me iba. Que no quería tenerte aquí, ni ahí, en modo alguno de pensamiento. Porque pensar duele cuando queda algo pendiente. Pero ya no y por eso no siento el ardor lacerante en el alma, ni en los ojos.

Solo los músculos faciales moviéndose hacia una sonrisa particular. La sonrisa que se construye desde el cansancio tras una dura travesía, una dura lucha, un esfuerzo continuado.

Ya debes irte. Yo debo irme. Te he dicho “ya no te quiero más en mi vida. No así. No así”. Y tú te ibas furiosa, y llorabas, y yo lloraba porque me apenaba y te llamaba, decía tu nombre, y venías corriendo y yo te abrazaba, besaba tu cabeza y te decía “vete porque yo me voy”. Entonces me daba la vuelta e iba a casa. Una casa a la que nunca llegaba, y luego iba a otro lugar. Y en ese lugar me hablabas, y estabas furiosa de nuevo y trataba, aun así, de explicarte algunas cosas… ¿Por qué? Tal vez la fuerza de la costumbre o que falta el último soplo de valor para lanzarme a mis abismos.

A mis abismos propios donde hallaré la redención.

Lo que ocurre y lo que ha ocurrido es obvio. Ya soy libre. Ya te has ido; ya me he ido. Nos hemos marchado los dos. 

Ya he pasado de menos infinito a cero. Y puedo volver a empezar con lo nuevo y lo viejo.

Yoshi’s Island

¿Te acuerdas de las noches de viernes que nos pasábamos jugando juntos? Me acabo de acordar de un día, en el piso antiguo, que fui a la cocina por la noche, a comer algo, y dije “vaya, lo tarde que es y mi madre aún no me manda a la cama”. Seguramente no sería tan tarde pero yo era crío y me pareció fascinante. Me acuerdo, perfectamente, de que estábamos jugando a Yoshi’s Island. Concretamente en el nivel de la gravedad invertida (tal vez fue uno de los primeros juegos que incorporó esta función) en el que había que hundir postes de madera con el culetazo de Yoshi y acertar al bicho enemigo para derrotarlo.

Siempre era así. Siempre te ponías nerviosa, te reías mucho, y yo me reía al verte desafiar a unos temibles enemigos que hoy se han convertido en simples ceros y unos, en combinaciones de bits, de muy pocos bits; ahora las consolas mueven millones de polígonos. Pero no es tan divertido. Porque no es lo mismo. Ni siquiera se le parece.

Me acuerdo. Me acuerdo de mi hermana dormida en el sofá porque nunca le fue mucho esto de los vídeojuegos, a excepción del Street Fighter II, que tuviste que requisarnos varias veces durante muchos meses, y el primer International Super Star Soccer, el de fútbol, vaya. Ah, sí, y aquel juego extraño, paranoide y desquiciante llamado Bubsy que conoció a través de Cristian y Jorge… Esos eran sus juegos. Pero no solía jugar con nosotros por la noche, prefería quedarse frita en el sofá y que la llevaras en brazos a la cama. Eso era lo que más le gustaba de los viernes por la noche, y de los sábados.

Entonces tú y yo nos quedábamos a jugar. Y recorrimos todos los mundos al lado de Super Mario. Nos obsesionamos con ciertos niveles y tuvimos que pedir ayuda a tío Santi, guía en mano, e intentarlo una y otra vez. Al final acabamos con Bowser. Fue gratificante. Y muy divertido. Puedo recordar, o tal vez la quiero recordar más bonita de lo que era, tu risa al realizar algún progreso. Y ahora entiendo todo eso de una manera distinta, no sé, tal vez una forma de llenar con el color de la pantalla de televisión la oscuridad reciente que se apoderó de tu cama; llenarte los silencios mutiladores de horas huecas con la respiración de mi hermana dormida y mi compañía, los ánimos que compartíamos cuando la máquina hacía trampas en el Mario Kart, o las discusiones que teníamos cuando yo dinamitaba la disciplina de equipo y te traicionaba para ganar, simplemente por orgullo, tirando por tierra todo el campeonato conseguido en cooperación.

Puede que sea por eso por lo que echo tanto de menos los juegos de antes. Echo incluso de menos verte desafiar a los virus en Dr. Mario y aún me sigue asombrando esa destreza sobrehumana en el tetris. Era muy divertido ver cómo te indignabas con el juego cuando te movía cápsulas, en el modo de reto a los virus, cuando jugabas a Dr. Mario. Ahora recuerdo una cosa esencial que le da sentido a cómo entiendo yo, ahora, la otra cara de aquellas noches de juego. El juego de fútbol que trajiste a casa, de sorpresa, lo trajiste desde Madrid. No sabíamos a qué habías ido. Ahora lo sé, ahora lo sabemos.

Y quiero que sepas que no he pasado mejores noches en mi vida que las que pasamos juntos jugando; que me gustaría tanto ser de nuevo aquel niño que se divertía durante horas jugando contigo, superando niveles, retos, desafíos. Que anhelaba los sábados por la tarde para ir con mi hermana y contigo al Caracol, en Independencia, a intentar conseguir juegos buenos de segunda mano. Siempre sabías elegir los mejores pese a que yo me empeñase en lo contrario. ¿Cómo no ibas a tener paciencia con los juegos si la has tenido para mí? 

Ya no hay juegos que me hagan levantarme de la cama para encender la consola; ya no hay motivos por los que pudiera pasarme horas acumulando vidas extra para un nivel endiablado y sorprenderte con mi aporte para que tú, que eras la que tenía paciencia y perseverancia infinita, completaras aquel nivel. Sabes de cuál te hablo, lo sabes perfectamente. Y las doscientas vidas que conseguí. 

Y de cómo nos compenetramos en el Goofy e Hijo. Un juego que aparentemente no podía dar mucho de sí y que, sin embargo, recuperamos años después tras descubrir cuánto añoramos la resolución de sus puzles. Tú entonces eras más la de pensar y yo el de aniquilar jefes finales. Me acuerdo de quién nos regaló ese juego, dónde y cuándo. Un 25 de Diciembre, de hace muchos años, y en el que yo estaba malo por una infernal infección de orina. Esa misma noche me curé. Viniste conmigo a casa cuando los abuelos, Laura y Cristina (Susana ni siquiera era una idea) se fueron a la vieja casa de Parque Roma. 

Cogiste la caja del juego, lo sacaste y pusiste la Super Nintendo a funcionar. Intenté ponerme a jugar contigo, me dejaste estar a tu lado y observaste cómo fingía no sentir el dolor. Y me convenciste para que te siguiera al baño y me esforzara por hacer lo que tenía que hacer: expulsar la infección de mi cuerpo. Dolió como el puto infierno pero mereció la pena. Y pudimos jugar, jugar un rato, y me dijiste qué quería que hiciéramos y nos fuimos a casa de los abuelos. Tú sabías por qué me llevaste a casa, sabías qué ibas a hacer, sabías que lo conseguiríamos. 

Sabías que podrías pasarte ese nivel tan jodido. Como siempre.

Hoy es viernes y me he acordado de todo esto a raíz de hablar de vídeoconsolas con un amigo. Es viernes y estoy enfrente del ordenador, sin mucho más que hacer, deseando que en un futuro haya juegos como los de antes para que yo pueda compartir con mis hijos el tiempo que tú compartiste conmigo. 

Ahora lo entiendo todo tan bien. Lo veo tan claro… Los dos nos ayudamos a matar monstruos que se interponían en nuestro camino. Los que me ayudaste a matar eran en dos dimensiones y más bien estúpidos; los tuyos eran engendros demoníacos de añoranza, amor roto y soledad. 

De verdad, mamá, ojalá yo te ayudase contra ellos tanto como tú contra los míos. 

Gracias, mamá, por jugar una partida más mientras Laura duerme en el sofá.