Yoshi’s Island

¿Te acuerdas de las noches de viernes que nos pasábamos jugando juntos? Me acabo de acordar de un día, en el piso antiguo, que fui a la cocina por la noche, a comer algo, y dije “vaya, lo tarde que es y mi madre aún no me manda a la cama”. Seguramente no sería tan tarde pero yo era crío y me pareció fascinante. Me acuerdo, perfectamente, de que estábamos jugando a Yoshi’s Island. Concretamente en el nivel de la gravedad invertida (tal vez fue uno de los primeros juegos que incorporó esta función) en el que había que hundir postes de madera con el culetazo de Yoshi y acertar al bicho enemigo para derrotarlo.

Siempre era así. Siempre te ponías nerviosa, te reías mucho, y yo me reía al verte desafiar a unos temibles enemigos que hoy se han convertido en simples ceros y unos, en combinaciones de bits, de muy pocos bits; ahora las consolas mueven millones de polígonos. Pero no es tan divertido. Porque no es lo mismo. Ni siquiera se le parece.

Me acuerdo. Me acuerdo de mi hermana dormida en el sofá porque nunca le fue mucho esto de los vídeojuegos, a excepción del Street Fighter II, que tuviste que requisarnos varias veces durante muchos meses, y el primer International Super Star Soccer, el de fútbol, vaya. Ah, sí, y aquel juego extraño, paranoide y desquiciante llamado Bubsy que conoció a través de Cristian y Jorge… Esos eran sus juegos. Pero no solía jugar con nosotros por la noche, prefería quedarse frita en el sofá y que la llevaras en brazos a la cama. Eso era lo que más le gustaba de los viernes por la noche, y de los sábados.

Entonces tú y yo nos quedábamos a jugar. Y recorrimos todos los mundos al lado de Super Mario. Nos obsesionamos con ciertos niveles y tuvimos que pedir ayuda a tío Santi, guía en mano, e intentarlo una y otra vez. Al final acabamos con Bowser. Fue gratificante. Y muy divertido. Puedo recordar, o tal vez la quiero recordar más bonita de lo que era, tu risa al realizar algún progreso. Y ahora entiendo todo eso de una manera distinta, no sé, tal vez una forma de llenar con el color de la pantalla de televisión la oscuridad reciente que se apoderó de tu cama; llenarte los silencios mutiladores de horas huecas con la respiración de mi hermana dormida y mi compañía, los ánimos que compartíamos cuando la máquina hacía trampas en el Mario Kart, o las discusiones que teníamos cuando yo dinamitaba la disciplina de equipo y te traicionaba para ganar, simplemente por orgullo, tirando por tierra todo el campeonato conseguido en cooperación.

Puede que sea por eso por lo que echo tanto de menos los juegos de antes. Echo incluso de menos verte desafiar a los virus en Dr. Mario y aún me sigue asombrando esa destreza sobrehumana en el tetris. Era muy divertido ver cómo te indignabas con el juego cuando te movía cápsulas, en el modo de reto a los virus, cuando jugabas a Dr. Mario. Ahora recuerdo una cosa esencial que le da sentido a cómo entiendo yo, ahora, la otra cara de aquellas noches de juego. El juego de fútbol que trajiste a casa, de sorpresa, lo trajiste desde Madrid. No sabíamos a qué habías ido. Ahora lo sé, ahora lo sabemos.

Y quiero que sepas que no he pasado mejores noches en mi vida que las que pasamos juntos jugando; que me gustaría tanto ser de nuevo aquel niño que se divertía durante horas jugando contigo, superando niveles, retos, desafíos. Que anhelaba los sábados por la tarde para ir con mi hermana y contigo al Caracol, en Independencia, a intentar conseguir juegos buenos de segunda mano. Siempre sabías elegir los mejores pese a que yo me empeñase en lo contrario. ¿Cómo no ibas a tener paciencia con los juegos si la has tenido para mí? 

Ya no hay juegos que me hagan levantarme de la cama para encender la consola; ya no hay motivos por los que pudiera pasarme horas acumulando vidas extra para un nivel endiablado y sorprenderte con mi aporte para que tú, que eras la que tenía paciencia y perseverancia infinita, completaras aquel nivel. Sabes de cuál te hablo, lo sabes perfectamente. Y las doscientas vidas que conseguí. 

Y de cómo nos compenetramos en el Goofy e Hijo. Un juego que aparentemente no podía dar mucho de sí y que, sin embargo, recuperamos años después tras descubrir cuánto añoramos la resolución de sus puzles. Tú entonces eras más la de pensar y yo el de aniquilar jefes finales. Me acuerdo de quién nos regaló ese juego, dónde y cuándo. Un 25 de Diciembre, de hace muchos años, y en el que yo estaba malo por una infernal infección de orina. Esa misma noche me curé. Viniste conmigo a casa cuando los abuelos, Laura y Cristina (Susana ni siquiera era una idea) se fueron a la vieja casa de Parque Roma. 

Cogiste la caja del juego, lo sacaste y pusiste la Super Nintendo a funcionar. Intenté ponerme a jugar contigo, me dejaste estar a tu lado y observaste cómo fingía no sentir el dolor. Y me convenciste para que te siguiera al baño y me esforzara por hacer lo que tenía que hacer: expulsar la infección de mi cuerpo. Dolió como el puto infierno pero mereció la pena. Y pudimos jugar, jugar un rato, y me dijiste qué quería que hiciéramos y nos fuimos a casa de los abuelos. Tú sabías por qué me llevaste a casa, sabías qué ibas a hacer, sabías que lo conseguiríamos. 

Sabías que podrías pasarte ese nivel tan jodido. Como siempre.

Hoy es viernes y me he acordado de todo esto a raíz de hablar de vídeoconsolas con un amigo. Es viernes y estoy enfrente del ordenador, sin mucho más que hacer, deseando que en un futuro haya juegos como los de antes para que yo pueda compartir con mis hijos el tiempo que tú compartiste conmigo. 

Ahora lo entiendo todo tan bien. Lo veo tan claro… Los dos nos ayudamos a matar monstruos que se interponían en nuestro camino. Los que me ayudaste a matar eran en dos dimensiones y más bien estúpidos; los tuyos eran engendros demoníacos de añoranza, amor roto y soledad. 

De verdad, mamá, ojalá yo te ayudase contra ellos tanto como tú contra los míos. 

Gracias, mamá, por jugar una partida más mientras Laura duerme en el sofá.

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3 comentarios

  1. Sangre said,

    marzo 3, 2012 a 6:14 pm

    Increíble, han caído lágrimas de mis ojos como si siguiera siendo aquella niña que se quedaba dormida en el sofá, escuchándoos a mamá y a tí de fondo.
    Cuántos recuerdos han venido a mi mente. Siempre recordaré la grandiosa frase que dije con el Yoshi’s Island “¡Jo, mamá, es que no me quedan más huevos!” ¿te acuerdas? mamá en primera instancia me echó la bronca, luego se echó a reir a carcajadas.
    Preciosa la última frase de tu escrito, más que preciosa.
    Un besito sangre 🙂

  2. Pilarangel said,

    marzo 7, 2012 a 1:57 am

    Que bonitos recuerdos……Y yo que en ocasiones me sentía mal porque pensaba que estaba perdiendo el tiempo jugando. Ahora se que es el tiempo mejor aprovechado. Además de jugar pasábamos el tiempo los tres juntos.
    Gracias

  3. PJ said,

    marzo 7, 2012 a 11:30 pm

    Tengo en las manos unas hojas encuadernadas, sin un título en la portada.

    Empieza tal que así:

    “La tarde caía de manera extraña. Tal vez fuera por los excesos de la noche anterior, la misma que implica un cambio de año y trae a la boca de todos una inmensidad de nuevos […] ”

    Desconocía que tuvieses un blog, pero vas a favoritos ya mismo crack.

    Un abrazo.


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