Even

No hay, quizás, tiempo para más. Solo para observar al borde del precipicio de mi consciencia. Ahí está todo lo que comprendo y lo que he creado. Veo renacer montañas desde el vacío abisal del cosmos, la danza sagrada y misteriosa de los astros, las bellas palabras en poéticos discursos de las galaxias lejanas, jóvenes y antiquísimas al mismo tiempo, a mis ojos velados. No creo que haya tiempo para más, para nada más que para los instantes fugaces, tal vez para el único instante fugaz, de donde se puedan crear eternidades felices.

Eternidades de un segundo o dos que aflorarán junto a una sonrisa, descolgándose de las comisuras de los labios. Descubriré mi soledad en el gesto mismo de sonreír al horizonte, al sol, a la luna. Al propio mundo y a cualquier acto diminuto pero inconmensurable, salvajemente lleno de significado. 

Veré estremecerse al césped bajo la caricia de un viento alienígena, y el cielo cambiará para abrir sus brazos a los colores rocosos de planetas mucho mayores que este, incomparablemente más sabios que yo, y también el agua adquirirá formas increíbles. Estaré invitado en un baile nuevo y desconocido para mí y no acudirán palabras a mi boca para describirlo. Me dejaré caer en el eco de una consciencia prístina y verdadera: esto está ocurriendo en tan solo un instante. Es solo un instante. 

Encontraré, a lo mejor, lo que no se debe encontrar bajo la tutela de la búsqueda. Hallaré, sin más, el camino que lleva a las escaleras hasta la Luna. 

Luego cerraré la puerta.

Y me habré perdido, para siempre, en esa eternidad. En ese segundo.

Infinitos

El sol trepa sobre las escápulas del este y arroja su luz sobre un terreno pequeño y nutrido. Una casa de piedra, con tejado a dos aguas, pare a un hombre con el torso desnudo y mirada viva. El hombre saluda al sol, a la tierra y al aire, y agradece al agua de la acequia cercana la bendición que le procura. Aún es temprano y el día gatea aún en el alba fresca. Pero el hombre trabaja la tierra, y suda, y deja que el sol esculpa su cuerpo y curta su piel junto a la labor del viento. 

Bajo el cielo inmenso el hombre es diminuto pero algo en su corazón trasciende hueso, carne, sangre y piel, y en sus gestos se lee que es libre. Profundamente feliz. Sonríe bajo su barba y el pelo largo, ondulado y recio, cae sobre sus hombros y se adhiere por el sudor. Agachado parece débil, vulnerable, vendido. Pero mueve con ahínco los brazos para generar la esperanza de alimento, y siembra con fe el suelo que pisa, sobre el que se mueve como si fuera parte de él mismo. 

Siéndolo.

Y mira hacia el cielo, y hacia la lejanía del valle llegando con el abismo de sus pupilas hasta más allá de todo tiempo. Recordando el peso de la oscuridad, el magnetismo del vacío solitario en la cama para una persona, en la mano que no tiene otra que asir. Y en cierto modo se conmueve, se estremece un poco, como recorrido por un frío abisal y melancólico. Y continúa trabajando el suelo hasta que su corazón lo alerta y se incorpora, sudando, y avanza. 

Avanza hacia la casa con el torso desnudo y la sonrisa presta en el rostro. Deja a un lado la azada y sacude las palmas de las manos contra los pantalones de hilo basto blanco con los que trabaja. Extiende los brazos y la alcanza, a la chica de pelo negro y ojos infinitos. La atrae hacia él, con el mismo ansia que los pozos de soledad atraen a las almas la tristeza, y se llena de su frescor. La besa. 

Y ese hombre soy yo y esa mujer eres tú. 

Pero no sé quién eres, ni dónde estás.