Ondas

Lo he visto en la compasión de esos padres cuidando de su niño. El hijo que engendraron, que partió hacia las luces y sombras de esta vida desde el vientre de su madre, no es una persona normal. Es mayor. Mayor que yo por lo menos. Se ausenta en la contemplación hipnótica de las ondas en la piscina, de los juegos de luz y de agua, y no oye y si oye no escucha. Me he preguntado qué ocurrirá cuando sus padres envejezcan tanto que apenas puedan consigo mismos, he recordado la imagen del año pasado en la que un padre de la edad de mi difunto abuelo cuidaba de un hijo veinte o treinta años menor que él.

La inversión de los papeles rompió algo por dentro de mí. De nuevo.

Entonces pienso en la soledad que los acecha. En el temor del que no son conscientes y la angustia, que presupongo, de sus padres al sentir tan cruel la cuenta atrás. No se qué será del destino de ese chico, ni del mío, pero yo sé que por ahora puedo hacerme cargo, afrontarlo, tener recursos… Mientras que él, como tantos otros iguales a su condición, dependerán de terceros. Y cuando sus padres se hayan ido espero que su memoria no sea brillante puesto que el anhelo de la ternura y amor de sus padres podría matarlo de tristeza.

Ya que nadie en el mundo podrá equipararlo. Ese es su futuro en este sitio que estamos transformando en algo ajeno a nosotros y a sí mismo. 

Pero prefiero quedarme con lo demás. Con el detalle de triunfo y cariño en la sonrisa de su padre cuando por fin su hijo se ha atrevido a meterse al agua; me quedo con la felicidad de su madre al nadar con él. Con un niño de unos, no sé, es difícil calcular la edad. ¿Tal vez treinta años? Era la imagen de un chaval de cuatro chapoteando en una piscina. Más o menos. Pese a lo inevitable de lo que aguarda el porvenir la escena ha sido hermosa. Dura, en aspectos sórdida y terrible, pero bella. 

El tono suave para comunicarse con él, los gestos claros, la paciencia infinita. Lo he visto muy claro. He visto lo alejados que estamos de nuestra naturaleza. Tanto que situaciones como esta, situaciones de humanidad, de nuestra condición propia, arañan en las paredes del corazón y dan aviso. Emocionan. Algo tan natural, tan propio y común al mismo tiempo, se convierte en un episodio memorable del que dejar constancia. Algo como esto debería ser diario.

Debería prodigarnos en el gusto de lo sencillo, hacer que todo fuera hermoso, esforzarnos por ello. Saber apreciar que lo que es cruel e inevitable también tiene su significado  y su extensión hacia la magia de estar vivos. De vivir, de darle relevancia a la existencia. 

Siempre pienso acerca de esto. Y siempre que veo a una mujer embarazada, que es para mí una de las imágenes más hermosas y poéticas, si no la que más, que existen, miro a mi alrededor. Entonces pienso en toda la esperanza de esa mujer, que ya es madre, y de la angustia simultánea y comprendo sus miedos, y comparto su alegría. Aunque no hable con ella, aunque no le diga nada, ni la conozca jamás ni sepa su nombre. Pero la comprendo. 

Así que comienzo a pensar en su ilusión, en los gestos incluso frágiles para proteger esa pequeña vida, en el amor que depositará en cada palabra, en el valor para velar el sueño de la criatura… En todo lo que ella deseará para su hijo al mismo tiempo que luchará por su libertad, por que pueda elegir, por que crezca. 

Y comienzo en el mismo círculo ascendente. Me pregunto si todo lo que sabemos es útil, si la forma de hacer las cosas es la correcta. Cuestiono el sentido de todo esto y es evidente que al final muchos van a depender de la condición humana de sus congéneres para tener una oportunidad de vivir o morir dignamente. Considero, pues, que es nuestro deber moral ahondar en esa cualidad, en ser humanos, en alejarnos radicalmente de todo esto, de todas estas leyes añadidas que exceden lo básico: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; y el que la hace la paga.

No necesitamos nada más. No necesitamos personas incapaces de ver más allá del lucro o el beneficio. Necesitamos que nos dejen ser en paz, disfrutar del tiempo y de una vida que se agota a cada pulso y de la que no sabremos nada más. 

Nos merecemos que el tiempo en este sitio signifique algo para nosotros mismos y hacer que signifique algo para los demás. Al final… al final no importa sino lo que hayamos vivido y hecho vivir al resto, las luces brindadas y las tinieblas que ahuyentamos; también las que trajimos. 

Lo que debemos es extender nuestra capacidad de amar, de sentir, de compartir hacia el máximo posible. Y no tener miedo. 

Porque estoy muy seguro de que este no es el camino que debemos llevar; que este no es el sentido natural y propio de lo humano; que nos hemos creído mentiras convenientes y ya va llegando la hora de asumir que lo hemos hecho muy mal y ser valientes de rectificar hacia lo esencial. Hacia la libertad máxima de vivir como desee cada uno, en compañía o soledad, en la exuberancia de la emoción o en el disciplinado estoicismo, respetando siempre las dos leyes fundamentales.

Y estoy seguro de todo esto porque en el último aliento que nos quede la pregunta no será “cuánto dinero tengo, cuánto me puedo llevar”.

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Cierro los ojos y aguardo esa sensación de pérdida de la consciencia. Poco a poco el sueño me va ganando terreno y me relajo. Siento que vuelvo a casa. Esperando tener una bendición de Morpheo y que mis sueños sean gratos, sean felices, y poder encontrar ahí lo que se me niega en vigilia. No puedo despegar de mí esta sensación de abandono, esta sensación de seguir en obstinado avance. Arrastrando todo lo que pesa desde mi pecho, lo que me ancla, lo que me hace sentir diminuto, estúpido y frágil.

Sigo sintiendo que se me debe algo, algo que debe llegar para que yo pueda creer que tengo un valor, que aún soy, que no me quedé en el sanatorio de tullidos que se empeñan en hacer lo que hacían antes sin ayuda. Hay una línea muy fina entre la lucha perseverante y la cobardía estúpida de no admitir en qué punto estás.

Y de las musas, bueno, no sé cuánto tiempo hace que no huelo sus voces de menta y azahar. Supongo que he perdido también eso, su compañía, sus visitas. Que no les gustan estos pozos de brea, charcos de alquitrán, en los que chapoteo últimamente. Y lo entiendo. Aunque me encantaría que manchasen sus inmaculados cuerpos y vestidos blancos por sacarme de aquí.

Sí, eso es exactamente lo que necesito. La musa valiente y cálida que no le importe ensuciarse, que no le moleste bajar a los terrenos sórdidos de un escritorcillo de baja estofa y me tienda su mano, y su sonrisa, y me diga, “vamos, mi amor, quiero que seas pluma y yo la tinta que te dé voz”. Significar algo. Que me encuentren tras haberme buscado y que no haga falta decir nada más que lo que hablen los ojos; lo que escriban los labios. 

Eso espero en los sueños. Que, aunque solo por un rato, se me cure estar enfermo de amor que no llega y promesas que no se cumplen.