Viento

El  viento está furioso. Lo oigo arremeter constantemente contra las paredes de mi casa y está consiguiendo tambalearme el corazón. Su fuerza atroz es inaguantable para mis costillas… Mi pecho a duras penas aguanta el ritmo de la vida. Ayer tuve la ocasión de enfrentar a mis fantasmas y acabé por abrazarlos, les puse nombre y, cómo no, todos tenían al menos una letra del tuyo. Algunos casi eran una réplica exacta de los fonemas que te identifican, que hacen que te gires, te vuelvas, y prestes atención. 

Ayer subí al altar situado en lo más profundo del dolor y pronuncié tu nombre y lo hice con amor y con rabia. Batiéndome en la supervivencia contra enormes olas de agua salada y sangre, de rabia y de impotencia. De lo injusto que es saber algo tan hermoso y a la par tan tóxico.

Puro veneno para el alma, para la consciencia de lo que soy y que me impulsa a no ser nada. Ignoro cuánto tiempo llevo caminando con esta sombra a mi lado o sobre mi espalda pero sé perfectamente cuánto me queda de tenerla al alcance de mi mano. Toda la vida.

Toda la vida… Pocas veces, creo, dije algo tan sencillo y cierto como te lo susurraba a ti al cobijo de los sueños y mundos que construíamos entre las sábanas de mi cama. Y ahora “toda la vida” son las ruinas de una catedral gótica en la que se ha instalado el horror del silencio atrapado, de las voces incapaces de alzarse porque no tienen fuerza en los pulmones para soportar lo que significa decir amor. Supongo que soy el responsable forzoso de limpiar el cementerio donde descansan los nombres de nuestros hijos, el responsable de ver cómo se extingue la calidez del fuego que, contenido en preciosos cirios, daba vida al lugar.

Está claro que debo mirar, ver, y sentir cómo el ritual del que éramos capaces se difumina en sombras crueles, negras de brea y pena, que se afilan para recorrerme el alma. Es triste que no me veas así, aunque sea por última vez, tan desnudo y certero. Que no me veas decir, a los cuatro vientos y en un susurro, que lo que fuimos no lo volveré a ser con nadie… 

Que no hay ni peor ni más grande dolor que saber que no querré tanto a otra persona como a quien, al final, me reventó el corazón.

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2 comentarios

  1. julio 3, 2012 a 4:08 pm

    Puedo sentir la rabia a través de tus palabras… y me llenan de tristeza.
    Pero sinceramente no creo que la última frase sea cierta. Se puede volver a amar, e igualmente fuerte.
    Un beso.

  2. Pilarangel said,

    agosto 9, 2012 a 6:34 pm

    Poema de Ernesto Cardenal.

    Al perderte yo a ti

    Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
    yo porque tú eras lo que yo más amaba
    y tú porque yo era el que te amaba más.
    Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
    porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
    pero a ti no te amarán como te amaba yo.


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