Ateo

Así te quería. De ese modo en el que solo pueden querer los niños y los locos. Perdidamente queriéndote hasta el tuétano. De ese modo tan único como él podía hacer te quería. Queriéndote tanto hasta doler y doler en el alma; en cada segundo, en cada pulso, te quería hasta en el aire que respiraba. 

Hondamente. Incluso, diría yo, te quería más hondo que el llanto angustioso y más arriba que el llanto de alegría. Así, sí, así te quería. 

Como un demente, un demente enamorado de su patología; como un escritor de la palabra; te amaba de manera visceral e ineficiente. Ineficiente porque no dosificaba la energía. Te quería en todas las vueltas del reloj, en todos los giros de la tierra, en el cortejo lunar en la inmensidad del cielo. 

En la brisa previa a la tormenta encontrarás una parte de todo el amor que te tenía. Ateo como era y construyó una religión de amor de la cual tú eras su iglesia, su fe, y también sus votos. 

Así que no me preguntes si es que acaso te quería sino cuánto te quería. 

Hasta los nervios de los dientes y las arrugas del paladar; en el vello; hasta en la raíz de las pestañas. Todo eso y más. Tantísimo. 

Sin excusas ni límites. Te quería a vida, a fuego infinito de calor de hogar y frío de tundra para arroparte. Pero más todavía. En los alimentos diarios y en los músculos cansados. Te quería ciertamente. De manera auténtica como el perro ama correr y el juego; te quería de forma criminal, por encima de cualquier ley y más allá de cada promesa. 

En cada gota de sudor, forma de nube o brizna de hierba. 

Te quería en el silencio profundo donde cobra sentido el habla, en sus manos encallecidas, en todos los pasos en los que te sujeta la tierra. 

Creo, niña, que te amaba tanto como a la vida a la que llamaba por tu nombre.

Pandora

Una parte de mí me dice calma,
me pide prudencia,
me ruega distancia.
La otra parte de mí 
se opone radicalmente.
Por eso soy una contradicción
preñada de impaciencia.

Pelícano

Solo tengo tres minutos. Dos y medio en realidad. Dos minutos y medio para retroceder a la experiencia y saber lo que ocultan esos trucos del cosmos. Sí, claro, puedo confiar. Lo he hecho tantas veces… Pero, ¿lo necesito? 

Creo que he aprendido. Sé todo acerca del precio aparente, del valor adjudicado y del coste real. La relación es… desproporcionada. 

¿No te gustaría sentirlo otra vez? Claro que sí. Me gustaría conocer de nuevo ese nivel de complicidad, me gustaría volver a encontrar mi cama llena y no medio vacía, me gustaría volver a compartir. Algún día lo haré, estoy seguro… Lo mejor es que ahora ya no necesito saber el cuándo. 

Ahora es suficiente con una buena canción de tres minutos o una de diez; ahora ya me sirve con la rutina y la demostración de que todo sigue dentro del plan. Por ejemplo estaba claro cómo acabaría ese partido: dos a cero a favor de los locales. Entraba dentro de lo previsto. 

No se salía del guión. Sin embargo me gustan esos regalos inesperados, esos destellos diminutos dentro de la longitud temporal de una existencia, esas chispas que nacen del choque de dos almas atenuadas, dándole otra magnitud; haciéndola importante. 

Pero eso es todo. 

Me detengo ahí, en el espectáculo de color y sonido, en ese génesis brutal de dolor y belleza de parto, a recrearme en la sonrisa que se rebela en mi rostro. A pesar de mi aura triste siempre sé dejar que una sonrisa gane la batalla. 

Eso es a lo que me refiero. 

No busco señales cuando solo hay silencio y no necesito encontrar, ya no, significado cuando las señales dan conmigo. Solo disfruto. Igual que disfruto dejando mensajes en el aire, poemas de amor en un banco en cualquier parte, o libros dedicados a algún desconocido. 

Deseo que alguien lea ese poema, que inspire el mensaje o que dé con el libro… Pero ya no espero que quien lo halle me encuentre. 

Puedo ver desde mí siendo yo mismo. Me he completado, poco a poco, con el paso del tiempo y así permaneceré hasta que vuelvan a romperme. ¿Me romperán de nuevo? 

Supongo que sí. Y si eso significa que habré vuelto a amar… entonces debo decir que lo espero. 

Sin embargo ya no soy quien era, y por supuesto que ya no soy en lo que me transformé. En otro tiempo habría tratado de retener todas esas luces, esos encuentros, esos nombres. Esas colisiones atómicas en el maremagnum de dos identidades secretas entre sí. 

Habría… querido retener a quien apareciese por casualidad y habría creído que era el destino.

Diez segundos de canción.

Para bien o para mal, ahora y de manera definitiva, yo soy mi destino.

Pregunto

Me pregunto si las excusas ganan al recuerdo. Si lo que fue se borra por lo que no fue para poder tener razón. Me pregunto en qué momento todos los milagros se convierten en humo y las deudas de lo prometido se hacen roturas en lo más hondo del pecho. Me pregunto cómo puede pasar. 

Cómo es posible que se convenzan diciendo que pesó más la vez que no estuviste que el beso que salvó el temporal. Qué clase de corazón abominado, sanguinario, puede dar crédito a las faltas obviando los tiempos muertos robados al mundo para crear un mundo secreto mejor.

Me pregunto qué se siente luego, al mirar atrás, cuando se comprueban las mentiras que se han dicho, los cambios improvisados de guión para satisfacer el final precipitado; qué se siente al acusar de mentir a quien te salvó desde su honestidad. 

Cómo es posible vivir, inquiero, sabiendo que se intentan dar razones de un dolor alegando un dolor más viejo que os hizo más fuertes, más dichosos, más amantes. Me pregunto cómo se puede intentar hacer lícita la ilegitimidad de hacer sangrar cicatrices que unieron. 

¿Cuál es el sentido? Me pregunto. 

Mirando atrás, en el tiempo muy lejos, veo que me respondes.