Lips

Me apetece besar. Es la forma más sencilla de disolverse en el espacio y el tiempo. Me apetece besar, apoyar mis manos en la cintura de una chica, ojalá la chica, y avanzar a través del aire que separa nuestras bocas. Caminando despacio, sobrevolando esa vertiginosa distancia de unos centímetros. Unos centímetros nada más. Y llegar hasta sus labios. Cerrar los ojos mientras recorro cada parte de su boca encendida de ansia, de duda, y deseo. Tal vez temblando los dos cuerpos;  el alma agitada. 

Me apetece que ocurra porque cuando beso puedo recordar todo pero sin atraparme en nada. Puedo observar lo que aprendí sin que me duela lo perdido y compartirlo con esa persona nueva para renovarme yo a mí mismo. Es soñar con plena consciencia mientras la sangre sale impulsada del corazón acelerado llegando a cada músculo, activando todas las terminaciones nerviosas, llevando vida a la carne y a lo que palpita debajo de la piel. Besar es un viaje, cada beso, de hecho, es un salto en el tiempo, un recorrido de promesas y posibilidades que cada mente elabora o encuentra por sí misma de manera ajena a la otra. 

Pero aun así se implican ambos individuos. Es un egoísmo feliz y altruista. Besar consigue esas cosas. Besar es una puerta dimensional indiscutible.

Da sed y hambre y aumenta el sentido de la vista porque se hace con los ojos cerrados; incrementa el oído hasta el punto de escuchar a tu corazón. ¿Y el tacto? El tacto se dispara. Me apetece saltar al interior de esa vorágine, al centro nervioso de ese pasaje que altera todas las percepciones ordenándolas. Besar es, de un modo científico, pura magia. 

La inmensidad del mundo, del cosmos, de todas y cada una de las partículas se hace patente cuando se entrelazan dos lenguas, cuando se mezcla la saliva y se confiesan los secretos más íntimos. Porque al besar se libera la luz y la oscuridad y se habla abiertamente de ellas. De lo que nos da miedo y de la esperanza. De la fe, del recuerdo, de lo necesario para cada uno. Besar es la llave que abre las cámaras más profundas de la identidad de quienes se besan porque es un lenguaje de acto, emoción y sensaciones, y la palabra no puede delimitarlo en un párrafo de tres líneas. 

Besar rompe la gramática y la sintaxis y entrega un resguardo, un refugio, ilimitado e infranqueable. El entorno se silencia aunque un ruido ensordecedor te rodee. Aunque el mundo se quiebre y los cielos se abran no habrá tragedia para quien esté besando en ese momento porque su mundo será otro. Besar es eso. Besar es poderse olvidar del frío, mirarlo desde la distancia, ostentar una tregua invulnerable que no podrá traspasar mientras se sellen los labios, se suspire en el rostro de enfrente, se estimule el precipicio poético que empieza en la mandíbula y termina en el hombro. 

Me apetece besar. Porque me apetece, sin tener que decir nada, explicar cómo me siento, quién soy, y qué fantasmas pueblan mi reino. 

 

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