Black

 El olor del café la sacó de la cama y la arrastró hasta el cuarto de baño. Ahí se desnudó y abrió el grifo de la bañera para que el agua corriese y se fuese calentando. Mientras tanto se sentó en el váter y orinó. Cogió un pedazo de papel y se limpió ligeramente, luego tiró de la cisterna y cerró el retrete. Acto seguido puso su mano bajo el chorro de agua de la bañera y la encontró de su agrado. Caliente.

Tardó unos diez minutos en llegar a la cocina, con el albornoz blanco y el pelo mojado sujeto por una toalla a modo de turbante. Olía tan bien a café… Aunque no estuviera recién hecho. En la cocina estaba Jorge. Se acercó a él y lo abrazó de su forma tan particular, de la forma que a él le había hecho temblar hasta los dedos de los pies por la ternura que encontró en ello. En lugar de cruzar sus brazos en torno a su espalda ella se abrazaba como si quisiera colgarse de los hombros. Entonces, así, con los brazos en paralelo a lo largo de la espalda ella se acercaba a él y apoyaba su cabeza en su pecho.

– Uh… Buenos días, marmota. ¿Tan pronto y ya con las gafas?

– Ya sabes que sí, amor.

– Ya sé que sí pero… – Jorge estaba inquieto, o daba esa impresión.

– Déjalo, Jorge. ¿Qué más da? Estamos en casa pero llevo las gafas. ¿Por qué te molesta? – Preguntó Diana entre curiosa y divertida.

– No es que me moleste en sí… Es que cuando me abrazas noto cómo la montura se me clava en el pecho… No sé. Igual antes no me molestaba tanto pero es que ahora… – Jorge dejó la frase en el aire.

– Ahora qué, Jorge…

– Nada, cielo. Da igual.

– ¿Seguro? De todas formas ambos aceptamos una serie de contratos… tácitos.

– ¿Lo hicimos?

– Sí, melón, lo hicimos – y Diana aprovechó ese instante para ponerse de puntillas y besarlo.

– No sabía que follar a oscuras era un contrato tácito…

– Qué bestia. No, Jorge, follar a oscuras es follar a oscuras. El contrato es la razón… follamos a oscuras porque…

– Porque quieres que en la oscuridad también pasen cosas buenas – la cortó Jorge, sonriendo. – Ya lo sé.

Llevaban cerca de un año viviendo juntos y varios como pareja. Se conocieron en la universidad, en la biblioteca, mientras estudiaban o, al menos, mientras Jorge hacía como que estudiaba. Lo que le llamó la atención de ella fue cómo movía sus manos, cómo recorría las superficies de todo cuanto la rodeaba. Con una elegancia centrada en la supervivencia, con una seguridad basada en movimientos trémulos. Jorge se enamoró de esa delicadeza en los gestos de Diana. Así que se levantó de su mesa de estudio, cruzó la distancia que los separaba, y se sentó a su lado. Diana se quedó muy quieta, suspiró, y él la cogió de la mano. << Hola, soy Jorge, ¿y tú? >> así se presentó a Diana y ella recorrió la superficie de la mano que le tendía y la notó, como ya dijo en su momento, cálida y suave. Al contrario que sus manos, claro, que estaban más curtidas, más experimentadas.

No tardaron mucho en empezar a salir juntos y desde la primera tarde en la que se citaron ya estaban deseando la primera noche y desde la primera noche desearon todas las mañanas. Todo había ido muy bien, de hecho todo seguía muy bien salvo un detalle que en los últimos días había empezado a acosar a Jorge.

Las putas gafas de sol.

Había una razón para ello, claro. Jorge llevaba días dándole vueltas, tal vez años. Tal vez Jorge tuviese esta idea en la cabeza desde la primera noche que pasaron juntos. Iba a pedirle que se casaran pero él, primero, necesitaba que Diana se quitase las gafas de sol. No quería verla con ellas continuamente, no quería verse reflejado en las lentes oscuras cuando le pusiese el anillo.

– ¡Eh! ¡Jorge! ¿Pero estás aquí o qué te pasa?

– Estoy, estoy, Diana… Simplemente pensaba.

– ¿En qué pensabas? ¿En las gafas? – Diana sonrió. Solía hacerlo cuando jugaba a ser cruel con Jorge.

– Sí… En… ¿Las vas a llevar siempre puestas? Quiero decir… ¿Siempre?

– Jorge… ¿Sabes toda esa cursilería de enamorados de verse los unos en los ojos del otro, del brillo al verse sonreír, las pupilas azules que se clavan en otras pupilas azules?

– Diana…

– No, nada de <<Diana…>> – cortó apretando ligeramente los dientes y tensando los labios – todo eso es basura, ¿sabes? Para mí es basura, en mi puto universo es basura. Para mí no es real porque sé que no es posible. No sé qué es lo que buscas. Deja en paz las putas gafas y vamos a tomarnos el café tranquilamente. Por favor, Jorge…

– No me parece… justo. ¿Tanto te cuesta? Llevamos años siendo pareja. No lo entiendo, Diana.

– Pues mucho mejor que no lo entiendas, ¿no crees? No sé qué perra te ha entrado con las jodidas gafas, de verdad. A todas horas, eh, desde que me levanto hasta que nos acostamos. Tío, espabila, ¿qué pasa con las gafas? ¿Y por qué te estás poniendo nervioso? Lo oigo en tu respiración… ¿qué escondes? – la voz de Diana tembló. Se cortó ahí, en un salto vertical entre el enfado y el miedo, entre el dolor actual y el futuro.

– No… nada. Diana, desayuna tranquila. Voy a hacer la cama, ¿vale?

– ¿No quieres que te ayude?

– No hace falta, tranquila.

– Pues tira. Tú sabrás.

Jorge salió de la cocina, cruzó el salón y se dirigió a su dormitorio. Subió las persianas por completo y abrió las ventanas de par en par. La mañana se coló, fría pura de invierno, en su cuarto y lo rodeó por la cintura. Ante sus ojos la ciudad reposaba ingrávida, como en un sueño, entre una niebla viscosa y grisácea.

La luz del sol jugueteaba con esos tonos de plata sucia y oro falso y se nombraba en color en el reflejo de los cristales.

Jorge cerró los ojos y respiró. Inspiró profundamente, casi con violencia, y dejó que el aire saliera de sus pulmones en un hilo fino de dióxido de carbono. Lloraba. Lloró en el tiempo que tardó en espirar. Luego se dio la vuelta y se puso a hacer la cama. Primero empezó por deshacerla del todo y cuando se puso a estirar de la sábana bajera Diana apareció en la puerta, apoyada en la jamba, oliéndolo, respirándolo, escuchándolo con un aura juguetona en torno a ella. Dejó caer el albornoz al suelo, junto con la toalla turbante, para llamar la atención de Jorge.

Funcionó.

Jorge se dio la vuelta y la vio ahí. Apoyada. Desnuda. Con su vientre en carne de gallina y el pecho moviéndose como las olas del mar. Diana respiraba fuerte cuando el deseo se la comía por dentro. Empezaba así. Al principio era una sensación incómoda, como cuando te ponen una inyección, que empezaba detrás de su ombligo pero luego, con cada segundo que pasaba, la intensidad iba creciendo. Poco a poco, muy de poco en poco, hasta que dentro de ella se agitaba un mar cálido y turbulento mezclado de deseos posibles y anhelos que nunca serían satisfechos.

– No la hagas, Jorge.

– ¿Qué quieres que haga entonces? Joder…

– No te aceleres. Quiero follarte y que me hagas el amor. No tiene que ocurrir a la vez. Tenemos tiempo de sobra.

– Diana… No me jodas. ¿Ahora? No estamos a oscuras…

– Y luego hablamos.

– Vale.

Diana se deslizó hasta el colchón y atrajo a Jorge hacia sí. El frío de la mañana los envolvía en un abrazo extenuante. El invierno, parecía ser, quería ser parte de algo cálido. El invierno era como Diana, que hacía siempre el amor a oscuras porque quería que en la oscuridad también ocurriesen cosas buenas. La oscuridad, las gafas de sol… Todo se diseminó en pedacitos de cristal brillante hacia ningún lugar.

Solo quedaron ella, Jorge, y el invierno.

Diana podía sentirlo todo. El amor y el sexo eran gentiles con ella puesto que para amar los ojos no son tan importantes si puedes ver con cada milímetro de piel, si puedes sentir con cada pulgada de carne.

Jorge se tumbó sobre ella, con cuidado. No hizo ademán de quitarle las gafas de sol. Tampoco le importaban. Se movió hasta su cuello como un depredador, abrió la boca con el hambre del alma, y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja, luego bajó hacia el cuello donde la besó y la volvió a morder. Alcanzó sus clavículas y se maravilló, de nuevo, en el hueco que se formaba entre ese hueso recto y los hombros.

Diana sintió cómo Jorge comenzaba a arder, cómo sus manos suaves cobraron fuerza y apretaron sus pechos. El calor se contagiaba, pasaba de Jorge a Diana y de ella a él. Ambos eran náufragos en un océano volcánico.

Ella se estremeció cuando Jorge dibujó la línea de su vientre acariciándola con la nariz, besándola en el ombligo, descendiendo hacia el monte que guardaba un jardín tras superar su cumbre.

Pasaron horas revueltos en la cama, exhaustos, ateridos de cansancio.

No tenían frío.

Diana se acurrucó junto a él.

– No lo hago adrede, amor. Pero no puedo. No, calla, espera. Contigo puedo estar completamente desnuda. Es más, podría ir en pelotas por la calle y no me importaría. Siempre y cuando llevase mis gafas. Jorge… Es algo mío. Algo que está en mí y que no puedo salvar. Es… impotencia o miedo. Miedo de saber que no te encontrarás en mis ojos aunque siempre tendrás un hogar entre mis muslos, en mi pecho, en cada uno de los latidos arrítmicos que se producen en mí cuando me llevas al orgasmo. Soy tuya. Sin proponérmelo me hice tuya. Pero… no quiero probar que no puedo darte algo tan básico como mirarte a los ojos mientras te cuelas en los resquicios más personales de mi ser. ¿Qué es lo que pasa, Jorge?

– ¿Pero en tu universo todo eso no era basura?

– Jorge… Parece mentira que no lo veas, eh. ¿Qué te pasa?

– Que no puedo entender cómo algo tan… simple puede suponer una distancia entre nosotros.

– ¿Hay distancia entre nosotros?

– De algún modo…

– ¿Ya no soy esa chica de la biblioteca a la que cogiste por la mano, hace años, antes incluso de decirle tu nombre? Espera, ¿a dónde vas? ¿Pero qué coño haces? ¿Te vas en serio?

– Volveré en dos horas. Procura estar vestida para entonces. Ponte lo que quieras, ya no importa.

Jorge salió de la cama, abrió el armario y escogió su ropa.

Por el sonido Diana supo que había cogido su pantalón vaquero negro con rotos en las rodillas, los pitillos ajustados, las botas marrones de montaña, la camiseta negra con el escudo, también negro, de Bélgica que su madre le había regalado cuando fue de viaje a ese país para ver una ópera. Jorge le había contado esa historia cientos de veces. Era una de sus camisetas favoritas y se la había descrito con todo detalle. Jorge murmuró un “luego vuelvo” y se largó de casa.

Habían pasado las dos horas y Jorge no volvía. Diana, en su angustia, se había fumado un canuto de hierba. Le gustaba fumar con él pero tenía miedo… Y fumó sola mientras aún quedaran en ella partes de él, de su olor y de su tacto. Estaba vestida, tal y como habían acordado.

Esperando.

Lo escuchó llegar. Por el rellano de la escalera. Eran sus pasos. Era su forma de coger las llaves. Era su forma de equivocarse al meter la llave en la cerradura. Era él resoplando. Era él cruzando la puerta, entrando en casa.

Era él volviendo.

Se abalanzó hacia Jorge y lo abrazó. Temblaba. Literalmente Diana estaba temblando. Estaba asustada.

– ¿Pero qué pasa?

– Joder, Jorge… pensaba que te habías ido. Te lo juro por Dios, no sé por qué pero estaba acojonada. Pensaba que no volvías.

– ¿Cómo iba a no volver? ¿No lo notas? Respira…

– Aún hueles a mí…

– Porque no me he duchado después de que me follaras y te hiciera el amor…

Diana rió mientras lloraba. Se sentía como una niña tonta pero feliz. Se había sentido vulnerable, sola, indignamente desnuda. Las lágrimas se escurrían por detrás de las gafas de sol y caían desde sus mejillas hasta su escote.

– Qué elegante, Diana. ¿Estás lista?

Lo estaba. Iba con un vestido negro de noche, muy discreto y cómodo, y al cuello llevaba un collar de pequeños dodecaedros de jade negro. Herencia de familia.

Llevaban ya un rato por la calle cuando Diana le preguntó a Jorge a dónde iban.

– Espera y verás… Bueno, solo espera.

– Qué mala baba tienes a veces, cabrón – respondió Diana y se apretó más contra su brazo y su costado. Entonces notó algo. – Eh, eh. Qué llevas ahí, chaval. Ya decía yo que estaba escuchando algo. Una especie de clac clac. Algo en tu bolsillo está golpeando tus llaves…

– Joder… Espera, Diana.

– No, no, espera no, Jorge. ¿Qué llevas ahí, a dónde vamos? Va, dímelo, dímelo.

– Estamos en mitad de la calle, ¿no puedes esperar cinco minutos hasta que lleguemos al restaurante?

– ¡No! Dime, dime… qué llevas ahí. – Hablaba como una mujer llena de esperanza. Como una adolescente abierta al mundo por primera vez.

– Está bien… Quédate ahí.

– Espera, a dónde vas… – Diana dejó de hablar. Jorge no había ido a ninguna parte. Estaba de rodillas delante de ella – No… ¿en serio?

– Tenía dudas, miedo, cierto tipo de angustia… Pero después de esta mañana lo he tenido muy claro – Jorge oía cómo Diana empezaba a llorar en espasmódicos pucheros – pero me he dado cuenta de que todo eso eran gilipolleces. Diana, no hay nada que no puedas darme. No me importa no verme reflejado en tus ojos mientras siempre haya un lugar para mí entre tus muslos, en tus pechos, en cada pulso arrítmico de tu corazón cuando nos llevemos al orgasmo. Me importan un carajo las gafas… Diana, ¿quieres casarte conmigo?

Y ahí, en medio de la calle, en invierno y a mediodía con un montón de gente en torno a ellos, algunos mirando y otros pasando de largo, Diana lloraba y Jorge esperaba que dijera algo. Pero Diana guardó silencio. Sabía que él la estaba mirando así que, sin decir palabra, se recolocó el collar de jade en el pecho, tendió su mano derecha para recibir el anillo y con la otra mano, en un gesto simple pero valiente, se quitó las gafas de sol.

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