Cripples

Era un niño lento y su madre lo supo casi de inmediato. De hecho puede que lo supiese ya mientras lo llevaba en el vientre, sintiendo esas sensaciones que vienen de no sé sabe dónde pero resultan ser certeras. La intuición inesperada que acierta de pleno. El martillo sobre la cabeza del clavo, hundiéndolo y atravesando la madera. No le dio la espalda. Era su niño y aunque fuera lento no sería malo, ¿verdad? Cada vez que preparan juntos la ropa que él llevaría al día siguiente a la escuela ella se sentía la mujer más feliz del mundo. Sonreía con los ojos, desde un rostro desfigurado, captando la luz del cosmos y devolviéndola para ella y su hijo. 

Su hijo, ¿verdad? Su obra. Un hijo que esperaría que no fuese como su padre, incluso aunque este no fuese un mal hombre. Solo un cobarde más, alguien incapaz de afrontar las consecuencias de sus actos; eso era algo que ella no podía comprender. Él lo sabía. El padre del niño. Pero el padre del niño se fue incluso antes de saber que era padre así que se marchó siendo un hombre sin más. Un hombre marcado por sí mismo, lo cual no era importante porque al fin y al cabo el ser humano siempre encuentra el modo de enterrar a sus fantasmas. Pero ella… Ella lo sabía. También lo supo cuando por fin él se atrevió a mirarla a los ojos. – No puedo – le dijo – ¿ves? Soy incapaz. Si te miro ya no te veo a ti sino a mí mismo destruyendo tu hermosura. Cada vez que nuestros cuerpos se rozan por la noche vuelvo a tener el volante entre mis manos. No debí haber ido tan rápido. Y ella le contestó con un simple “ya lo sé” y no dijo nada más porque no hacía falta. También lo sabía. En realidad su compañero no buscaba el perdón, ni comprensión; tal vez lo que más lo desconcertaba, hasta el punto de hacerlo dudar de sí mismo, era el hecho de que ella no guardaba rencor, o resentimiento. Su voz nunca tembló con la ira de quien busca venganza, de quien tiene un reproche colgando en la punta de la lengua. 

Él se fue. Sin saber lo hermoso que iba a ser su niño; sin que ella le pudiera mostrar la maravilla que habían creado juntos. Así que la mujer se quedó con un feto milagroso que sobrevivió a un terrible accidente. Y solo ella y su niño sufrieron las consecuencias: el feto sintió el impacto y se revolvió en las entrañas de su madre pidiendo una explicación silenciosa; ella sintió el amor del fuego escabulléndose por su piel, llegando a los rincones secretos cuya ubicación solo se revela a los amantes. 

Se quedó con él y tiempo más tarde nació. No hicieron falta pruebas médicas: mucho antes de que llegaran ella ya había confirmado sus sospechas. Tuvo que meterle el pezón en la boca… casi tuvo que enseñarle a mamar. Pero no importaba. Ese niño era su milagro. Unos días después llegaron a casa. Una casa que trascendía de la humildad y la modestia y se balanceaba entre las jambas de la pobreza. Pero su corazón era rico. Era valiente y ese era el legado que deseaba otorgar a su hijo. Despertar ese sentimiento de justicia. Claro que no podría explicárselo. 

Pasaron los años y, evidentemente, no le sorprendió. Su chico no era capaz de imaginar conceptos abstractos; no era capaz, tampoco, de elaborar una teoría por loca que fuese; era absolutamente incapaz de hilvanar la más inocente de las especulaciones. Simplemente no podía. Su mente no tenía la conexión necesaria, los elementos básicos, para trascender el ego del entorno inmediato y crear posibilidades en su cerebro. Para el chico lo mismo le daba que la lluvia fuera causada por una relación de causas y efectos, la evaporación era un nombre cualquiera, o que realmente fuera la orina de los ángeles. 

Nunca captó una ironía como lo era el hecho de conformarse con que te meen desde el cielo unos seres rollizos y aniñados con alas. Simplemente le daba igual. ¿Qué es el sol? Lo mismo, una estrella que genera los átomos de los elementos más pesados debido a la virulencia de las reacciones que se dan en su alma; o simplemente una enorme bola de fuego que alguien puso ahí hace mucho tiempo. ¿Acaso importaba? A él le gustaba más elegir la ropa con su madre. Los años pasaron. Creció. 

Un día, y esto sí que sorprendió a su madre, apareció resulto en la cocina y dijo: mamá, yo elegiré toda mi ropa para mañana. Si quieres puedes ayudarme. Y ella fue con él, ¿cómo iba a dejar a su chico solo si le había pedido ayuda? El niño, para asegurarse, añadió: yo decido, ¿eh? Y conforme veía las prendas, escasas, que tenían y las que él iba eligiendo no pudo evitar que le temblara la barbilla. ¿Unos pantalones de chándal de color azul neón con una camiseta negra con dibujos verde lima y rojo? Intentó pararlo, detenerlo y hacerle entrar en razón. Sin embargo se detuvo, con el llanto casi incontenible provocando seísmos en su labio inferior, moviendo su pecho al borde de la convulsión. 

¿Cómo le puedo explicar a mi niño que si va vestido así se reirán de él? ¿Qué podría hacer? No es que tuvieran un gran fondo de armario y la verdad es que pese a que toda la ropa olía a jabón de pastilla dura la tela estaba empezando a desistir. Los bajos se iban royendo más por el tiempo que por el mal uso; los niños suelen romper la ropa pero su niño no. Su niño era consciente, cuidadoso, e inteligente a su manera. No imaginaba cómo se hacía la ropa para que llegara hasta él así que no podía imaginar de dónde saldrían más pantalones como los que tenía si acaso se estropeaban. Su madre permaneció a su lado y le preguntó si estaba seguro y no pudo hacer sino abrazarlo cuando le dijo que sí. 

Su hijo no lo sabía pero ella sufrió toda la noche. Si le decía que se reirían de él es posible que apareciesen más preguntas. Preguntas que exigirían la verbalización de la mirada de su madre, de su diosa, de su luna y su cielo. Así que su madre resolvió mantenerse callada, sollozando en silencio, sintiendo la ausencia del otro lado de la cama como un agujero negro, como el horizonte de eventos de un agujero negro que vuelve desde el pasado, un recuerdo que trae un rostro que no amó tanto como fue amado, que fue cobarde e incluso egoísta. Pero el agujero negro había estado ahí siempre, y comenzó a absorber incluso la luz que la rodeaba desde el momento que lo miró a los ojos en el hospital desde la camilla. Recordó que sintió su rostro como de algodón, y luego las manos, y los brazos y todo su cuerpo. Más que vendada iba envuelta. 

El agujero negro. El horizonte de eventos. Se recuperaría del accidente. Pero ya no sería ella, no podría serlo, aunque decidió que no sería para mal. Las cosas pasan, ¿no? Simplemente hay que aceptar lo que viene, incluso si las consecuencias se ceban con quien no es responsable de las causas. La vida es así, ¿verdad? Indiscutible. 

Se despertó de mañana y escuchó a su hijo moverse por la cocina. Sigilosamente observó cómo el chico preparaba el desayuno. Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Cómo podía dejar que un niño tan bueno, al margen de que fuera su hijo, tuviera que enfrentarse a un día de escuela con esa indumentaria? Porque él ya estaba vestido… Ella, en un susurro limítrofe con el sollozo, le preguntó qué hacía. Y él le dijo que llevaba mucho tiempo viendo cómo lo hacía ella. Él era así. Observaba. Aprendía por emulación más que por ensayo y error. Y ese día, se dio cuenta su madre, iba a ser la excepción. 

Lo dejó en la puerta del colegio, y sufrió al soltarle la mano pero qué más podía hacer, pensando que su niño había tomado la iniciativa, cierta iniciativa de algún modo que ella no alcanzaba a comprender. La vida también es eso, ¿verdad? Pequeñas cosas que al ser meditadas se convierten en grandes milagros. Como su niño creciendo. Lo besó con cuidado, a través de la tela que cubría su cara hasta el tabique nasal, preocupada por que él no se diese cuenta de que le temblaban lo poco que le quedaba de labios. El fuego es así. El fuego, de hecho, sería condenado por gula si fuera hombre. 

Su niño la abrazó y marchó hacia el colegio con porte regio, el pantalón azul neón hasta el ombligo y la camiseta por dentro realzando así su vientre extraño, hinchado y dibujando una silueta amorfa que llamaba a la compasión de unos y a la crueldad de otros. Lo vio marchar, con decisión, y ella lloró dulce y amarga. Porque lo amaba y lo demostraba más al dejarlo hacer libre; pero al mismo tiempo lo estaba dejando entrar en la boca de un lobo que él ni siquiera podría sospechar. 

¿Era acaso ella una especie nueva, una rara avis, resentida tan profundamente que no se daba cuenta? Es decir, ¿sospechaba de que todo el mundo trataría de herir a su hijo? Pensó unas ciento cincuenta veces en sacarlo del colegio, pero no lo hizo. Estuvo a punto de llamar al despacho de dirección para que le dijeran cómo estaba pero tampoco lo hizo. Se limitó a esperar. Porque la vida también es eso, ¿verdad? Limitarse a esperar algunas veces porque no estamos hechos para controlarlo todo. Y esforzarse en ello es perder demasiadas cosas buenas en el camino. 

Por fin se hizo la hora de ir a recogerlo y fue a por él. Angustiada, contenta, temerosa y también feroz. Era su niño. Un niño sin más. Un buen chico, por encima de todo. 

Lo vio de lejos y él corrió hacia ella, con la ropa tal y como la había llevado por la mañana, y se lanzó a sus brazos tras una carrera en la que su silueta de vientre hinchado era ridiculizada por los cambios en la luz, por la perfección genética de árboles, de animales, del resto de personas a su alrededor. En su oído le confesó que se había equivocado, que ella había tenido razón con lo de la ropa, pero que ahora estaba atrapado en su decisión. Su madre le preguntó a qué se refería y él le respondió: si mañana vengo con una ropa distinta creo que ellos verán que me he echado atrás, ¿verdad? Y los que han sido malos conmigo hoy mañana lo serán más aún. Por eso, a partir de ahora, tendré que mantenerme en este estilo. Al menos por un tiempo. ¿Me ayudarás? 

Y ella experimentó algo distinto. Todo el temor, el dolor, el color negro pesadilla y rojo sangre, la angustia, las dudas, todos los por qués y los por qué no se abrieron a la vez. Como cientos de presas que acumulan aguas turbulentas y cuyas compuertas se abren. Pero no se abren sino que estallan. Lloró abiertamente, de un modo hermoso y natural. Lloró silenciosamente, en el cuello de su hijo que ya no era un niño. Era valiente, era consecuente, y era leal y honesto. Todo había salido bien. Un remolino en su estómago absorbió todos los nervios que habían sido anguilas eléctricas durante todo el día y desaparecieron.

Sintió luz. Sintió luz desde afuera hacia adentro. Sintió una fuerza tan extrema que empezó a elevarse sobre el horizonte de eventos, dejándolo atrás, comprobando que cuanto más se aferraba a su hijo más leve era la fuerza gravitatoria de esa estrella de neutrones que empezó a generarse en el mismo momento en el que las ruedas del coche, mucho tiempo atrás, decidieron ignorar al asfalto, romper su romance, e intentar alzar el vuelo. Sintió cómo detrás ya no había nada que la arrastrase hacia lo más hondo obligándola a resistirse con una fuerza primigenia. 

Flotaba en el mundo real. Mientras lloraba. 

Miró a los ojos de su niño y vio que ya no lo era. Algo en su cerebro lo había impulsado a ser algo más, ¿tal vez por emulación de su entorno?, y ella reconoció, con alivio y regocijo, que su niño de diecisiete años había dado un paso importante para ser un hombre. Un buen hombre. Se enjugó las lágrimas, besó con fuerza al que siempre sería su niño y no le importó que él notara sus labios deformados en su rostro. Ya no tenía miedo. Sabía, por fin, que su hijo no iba a darle la espalda. 

Por alguna razón ella tenía miedo a eso. Pero también eso es la vida, ¿no? Imaginar lo peor que nos puede pasar; vivir apresados por miedos que ni siquiera sabemos que están ahí y que se alimentan de que los ignoremos, de que no les prestemos atención. Pero la vida también son otras cosas. El amor que bombea el corazón de una madre; la sonrisa de sus ojos aunque sus labios fueran el postre de un incendio; aprender a modular la voz de nuevo para utilizar solo buenas palabras; aprender a no odiar y sobreponerse a ello para proteger el fruto de su vientre. La vida son los gestos decididos de unos brazos llenos de costras perpetuas que la acompañarían hasta el ataúd. Su cuerpo no dejaría de estar desfigurado hasta que los gusanos diesen buena cuenta de ella. No importaba. Ya no.

Y no volvió a temer a la muerte, ni a desearla secretamente de vez en cuando. Hay batallas que en ciertos momentos parecen imposibles de vencer.

Sosteniendo la mirada de su hijo le respondió: claro que te ayudaré. Y quiero que sepas otra cosa, estoy muy orgullosa de ti y también muy agradecida. Eres valiente, hijo mío, así que no permitas que nadie te diga lo contrario. 

El chico la miró y ella detectó cierta sorpresa en sus ojos. Pero no por lo que le había dicho sino más bien porque no comprendía a qué venía todo aquello. Él ya sabía que era valiente. Aprendía por emulación y había convivido con el mejor ejemplo posible.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: