I’ve tried

De verdad. Lo juro. Lo he intentado en muchísimas ocasiones: he apelado a la razón, a los hechos, a lo que veo, a lo que escucho y sobre todo a lo que no escucho. Lo he intentado, te lo prometo en cada sílaba de cada nombre de cada uno de los dioses que conozcas. Pero no he sido capaz. Hace dos días, tal vez tres, murmuré un conjuro: “Así y ahora nos libero. A mí y a ti de mí. Puesto que tú y yo, como tú y yo de ti y de mí, tan solo vivimos en mi mente”. 

Estuve convencido de que funcionaría. No sé, que tal vez, sin más, por arte de magia mi cuerpo se volviese a unir con mi alma, haciendo que ésta dejase de tirar de mí hacia lo que más deseo. Pensé, por un instante, que había conseguido darnos la paz necesaria, a ambos, exigida por las circunstancias que enmarcan lo imposible. Sin embargo es ese marco el que encuadra las mejores historias. 

Hablaba de darnos paz como quien suelta un lazo o abre unos grilletes. Lo he dicho como si de algún modo supiese que tú piensas en mí. Como si de algún modo supiese que tenía que intentar hacerme creer que piensas en mí. Alguna vez, en uno de cada tresmil seiscientos segundos, o en algún latido del corazón. Algo así. 

Y qué pasó después. Después sucedió lo inevitable. Tu nombre sonaba más delicioso cada vez que lo pronunciaba porque ahora, de algún modo, tras el conjuro fallido había visto que tu nombre trascendía lo mágico. Sucedió que creció el hambre por ver tus ojos. Sucedió que superaste, sin esfuerzo alguno, todas mis ganas de que te marcharas de mí por fin. Sucedió que sigues aquí, constantemente, sentada en el horizonte. 

Hoy he vuelto a visitarnos. Le he contado a un amigo algo que solo le he contado a los mejores y a mi sangre. Le he dicho cómo me dijiste que no merecía la pena decir nada más; le he contado cómo lo acepté, mientras se me llevaban los demonios, con rostro serio y estoico; luego he seguido contándole que te sentaste a mi lado, en la cama, y me susurraste que fuese a la sauna en unos minutos. Mi sonrisa, a estas alturas, desafiaba todo equilibrio y no se me ha cansado ningún músculo de la cara puesto que sonreía desde un lugar mucho más etéreo que la carne. He seguido diciéndole cómo fui con el corazón en la garganta, con una sonrisa idiota que no pude ocultar, y cómo te saludé. Dios santo, es una imagen tan hermosa… De verdad que lo es. No puedo evitarlo. 

Ya no he seguido contándole nada más, no quería aburrirle con algo que, de todas formas, pierde casi todo su significado cuando lo conviertes en palabras. Sin embargo yo he seguido ahí, un rato más, escapando de las sombras oscuras de la razón. Y nos he mirado, nos he visto temblar: tú bajo un deseo prohibido y yo por una ética llevada al absurdo; nos he visto sonreír, y también llorar ambos por la realidad que nos abrazaba a cada uno por lo mismo, nos he visto tratando de no tocarnos demasiado pero no parar de intentar un roce. Aunque fuese uno. Jugando con fuego. Me he visto conteniendo las ganas de besarte como no he besado nunca, zambulléndome en tu alma, bebiendo tu pasado, tu presente y tu futuro. Entregándote hasta el último electrón de mi existencia. 

Lo he visto y me he dado cuenta de que entonces aún era solo un niño que no comprendía lo que acababa de encontrar. Decirlo sonaría ridículo… pero eso era. Y para mí entonces solo era una intuición de lo que significaba. Ahora lo comprendo. Comprendo que no puedo huir de nosotros porque sé que nosotros significa algo más que el deseo de compartir mi tiempo contigo. Joder, si en cada conversación interesante que tengo, si en cada disco que me hace tocar el cielo, en cada poema que me saca del hastío… en cada cosa y detalle que me hace feliz deseo compartirlo contigo; y en cada cosa y cada detalle que me hace infeliz me imagino acostado a tu lado, abrazándote, y solo de pensarlo me libro del desasosiego. Nada me gustaría más que tú contases conmigo para lo mismo. 

No voy a poder salir de aquí. Creo que nunca fui tan certero como la vez que dije, evocando tus ojos de piedra y jade pálido capturados en el retrovisor de tu coche, que ojalá no hubiera más chica en mi vida que tú. Tenía razón… Así es.

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