Fuck off

Hola:

 
Me llamo Rubén y tengo 26 años. Tengo cierta experiencia laboral, de cuando alcancé la edad legal para ello hace diez años y la responsabilidad propia me impulsaba a aprovechar los veranos haciendo algo al margen de descansar de los estudios; asimismo tengo dos titulaciones de FP II, en informática y en organización y gestión de recursos naturales. Y, al margen de eso, no tengo nada más en lo que a futuro respecta.
 
Supongo que cartas, correos o mensajes como este os llegan casi a diario (u os llegaban porque ignoro si seguís en activo) pero yo necesitaba desahogarme con alguien que puede comprender mejor mi situación o, sin ir más lejos, la de mi hermana que es la misma. 
 
En casa, por duro que parezca, la impresión que se acaba teniendo es que no curras porque no te da la gana o, hablando en plata, porque no te sale de los huevos. No es verdad. No curro porque no puedo. 
 
Porque sí que podría currar como eventual en promociones de supermercado para colonias o Huevos Kinder, yo qué sé, pero no es eso a lo que aspiro. Yo esperaba poder disponer de un trabajo serio, digno, con una remuneración mensual y una cotización a la seguridad social de modo que lo que yo he recibido pudiera devolverlo y, al mismo tiempo, poder afrontar la vida. Mi vida. 
 
No sé cómo explicar la impotencia de sentir que el tiempo se escapa, que llega un momento (seamos realistas) en el cual el tiempo ya no guarda promesas de futuro que harás realidad si te esfuerzas sino que guarda la seguridad de que ahora juega en contra. Vamos contrarreloj, o al menos yo siento que voy contrarreloj, y algo en mí aún no da crédito. Es como una de esas pesadillas en las que intentas correr para huir de algo y ponerte a salvo pero tus pies no se mueven o se mueven muy lento… Demasiado lento. No quería enrollarme pero veo que está sucediendo de nuevo; mareo demasiado.
 
Pero me cuesta evitarlo. Porque es realmente frustrante tener 26 años y querer trabajar y no poder. Lo siento pero yo no quiero ser reponedor en el Carrefour un domingo de cada mes, ni quiero montar los stands de Pantene en Hipercor, ni quiero tener que depender de una ETT que me llame cuando salga una vacante de dos días. ¿Soy idiota por negarme a ello? Tal vez… Pero de lo que estoy seguro es de que no tiene nada que ver con que no quiera trabajar.
 
Ya prácticamente desisto de utilizar el inglés (del cual pronto acreditaré un nivel C1, que no está mal), casi ni me planteo trabajar en el medio ambiente que es mi vocación y de algo relacionado con la escritura mejor ni hablar… Solo pido un contrato justo, de ocho horas al día y un salario digno que me permita independizarme y empezar a tener una  vida. 
 
Respecto a dedicarme a un trabajo que me guste lo dejo para cuando me acuesto todas las noches. En el reino de los sueños.
 
Así que ahora me veo en estas porque lo de trabajar fuera, lo de “ser aventurero” y buscar oportunidades en países distintos al mío, lo de la “movilidad juvenil” ya no cuela. Los países de destino exigen que conozcas algo de su idioma, el inglés es necesario pero no es la llave que abre las puertas. Ya no. Entonces quiero saber qué nos queda. ¿Seguir estudiando? ¿Con 26 años? ¿Qué hago, otro grado superior? No quiero acumular FP II como el que colecciona sellos o trofeos; ¿y sobre la Universidad? ¿Con qué dinero?
 
De verdad… Los que os fuisteis sufrís en la distancia pero ¿qué podemos hacer los que ya no podemos ni marcharnos? ¿Cómo vamos a dar el salto sin garantías? ¿Cómo es estar realizando un trabajo precario lejos de casa? No puedo ni imaginarlo… Ser casi explotado en un país que, por ejemplo, será presentado en España como el milagro económico; aunque da igual el país que sea. Estar siendo explotado en un lugar lejos del calor de los tuyos debe de encontrarse entre las peores pesadillas. 
 
No sé cómo plantearlo ya. Necesito un trabajo digno, necesito hacer algo con mi vida. No quiero hacer más putos cursos del inaem, no quiero seguir navegando en ofertas de cursos o “prácticas” de las cuales la mayoría no están pensadas para mi perfil puesto que tengo dos titulaciones de técnico superior y, en palabras textuales del gobierno, “tengo la suficiente capacidad y las herramientas para mi desempeño en el mundo laboral”… Es como si me dijeran que no van a sufragar más gastos en formación para mí, y los que compartan mi perfil, porque somos unos  vagos y unos maleantes. 
 
¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer? Los CV que envío a distintas ofertas de trabajo van, estoy seguro, directamente a la carpeta de SPAM. ¿Hay alguna esperanza? ¿Hay algún futuro para nosotros? ¿Quedan, si acaso, palabras de alivio que llenen el vacío que deja el saber que se están desperdiciando los mejores años de poder físico y mental? Sé que son muchas preguntas pero deseo que no caigan en saco roto. En vuestra página he leído que tenéis ideas, respecto a la sección “Class Fight” fase 3… Podemos compartirlas. No sé… Podemos intentar algo. Hacer algo. 
 
Sentir, al menos, que podemos marcar la diferencia aunque pasemos hambre, aunque nuestros estudios no sirvan para nuestro futuro y beneficio… Merecerá la pena si conseguimos que toda nuestra formación y nuestras ganas de hacer algo sirvan para mejorar el futuro de los chavales que nos siguen y para los cuales, ahora mismo, veo lo que estoy viendo para mí. La nada más absoluta.
 
Por favor… Si necesitáis ayuda, en prácticamente lo que sea, contad conmigo. Hagamos algo… Cada día en casa es más jodidamente duro que el anterior y mis principales actividades (después de mirar ofertas, decentes e indecentes, de trabajo) son patinar y pasear a mis perros. 
 
Necesito más. Me da pánico enfrentarme a la idea de que un día estaré a punto de morir y posiblemente la respuesta a “¿qué he hecho en mi vida?” sea un simple “NADA”. Y en ese momento no me servirá pensar “es que no nos dejaron”. 
 
Gracias por estar ahí, simplemente por eso, y muchísimas más si habéis llegado a leer el mensaje. Sé que es triste. 
 
Pero es verdad.
 
Atentamente,
 
Rubén.

Ondas

Lo he visto en la compasión de esos padres cuidando de su niño. El hijo que engendraron, que partió hacia las luces y sombras de esta vida desde el vientre de su madre, no es una persona normal. Es mayor. Mayor que yo por lo menos. Se ausenta en la contemplación hipnótica de las ondas en la piscina, de los juegos de luz y de agua, y no oye y si oye no escucha. Me he preguntado qué ocurrirá cuando sus padres envejezcan tanto que apenas puedan consigo mismos, he recordado la imagen del año pasado en la que un padre de la edad de mi difunto abuelo cuidaba de un hijo veinte o treinta años menor que él.

La inversión de los papeles rompió algo por dentro de mí. De nuevo.

Entonces pienso en la soledad que los acecha. En el temor del que no son conscientes y la angustia, que presupongo, de sus padres al sentir tan cruel la cuenta atrás. No se qué será del destino de ese chico, ni del mío, pero yo sé que por ahora puedo hacerme cargo, afrontarlo, tener recursos… Mientras que él, como tantos otros iguales a su condición, dependerán de terceros. Y cuando sus padres se hayan ido espero que su memoria no sea brillante puesto que el anhelo de la ternura y amor de sus padres podría matarlo de tristeza.

Ya que nadie en el mundo podrá equipararlo. Ese es su futuro en este sitio que estamos transformando en algo ajeno a nosotros y a sí mismo. 

Pero prefiero quedarme con lo demás. Con el detalle de triunfo y cariño en la sonrisa de su padre cuando por fin su hijo se ha atrevido a meterse al agua; me quedo con la felicidad de su madre al nadar con él. Con un niño de unos, no sé, es difícil calcular la edad. ¿Tal vez treinta años? Era la imagen de un chaval de cuatro chapoteando en una piscina. Más o menos. Pese a lo inevitable de lo que aguarda el porvenir la escena ha sido hermosa. Dura, en aspectos sórdida y terrible, pero bella. 

El tono suave para comunicarse con él, los gestos claros, la paciencia infinita. Lo he visto muy claro. He visto lo alejados que estamos de nuestra naturaleza. Tanto que situaciones como esta, situaciones de humanidad, de nuestra condición propia, arañan en las paredes del corazón y dan aviso. Emocionan. Algo tan natural, tan propio y común al mismo tiempo, se convierte en un episodio memorable del que dejar constancia. Algo como esto debería ser diario.

Debería prodigarnos en el gusto de lo sencillo, hacer que todo fuera hermoso, esforzarnos por ello. Saber apreciar que lo que es cruel e inevitable también tiene su significado  y su extensión hacia la magia de estar vivos. De vivir, de darle relevancia a la existencia. 

Siempre pienso acerca de esto. Y siempre que veo a una mujer embarazada, que es para mí una de las imágenes más hermosas y poéticas, si no la que más, que existen, miro a mi alrededor. Entonces pienso en toda la esperanza de esa mujer, que ya es madre, y de la angustia simultánea y comprendo sus miedos, y comparto su alegría. Aunque no hable con ella, aunque no le diga nada, ni la conozca jamás ni sepa su nombre. Pero la comprendo. 

Así que comienzo a pensar en su ilusión, en los gestos incluso frágiles para proteger esa pequeña vida, en el amor que depositará en cada palabra, en el valor para velar el sueño de la criatura… En todo lo que ella deseará para su hijo al mismo tiempo que luchará por su libertad, por que pueda elegir, por que crezca. 

Y comienzo en el mismo círculo ascendente. Me pregunto si todo lo que sabemos es útil, si la forma de hacer las cosas es la correcta. Cuestiono el sentido de todo esto y es evidente que al final muchos van a depender de la condición humana de sus congéneres para tener una oportunidad de vivir o morir dignamente. Considero, pues, que es nuestro deber moral ahondar en esa cualidad, en ser humanos, en alejarnos radicalmente de todo esto, de todas estas leyes añadidas que exceden lo básico: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; y el que la hace la paga.

No necesitamos nada más. No necesitamos personas incapaces de ver más allá del lucro o el beneficio. Necesitamos que nos dejen ser en paz, disfrutar del tiempo y de una vida que se agota a cada pulso y de la que no sabremos nada más. 

Nos merecemos que el tiempo en este sitio signifique algo para nosotros mismos y hacer que signifique algo para los demás. Al final… al final no importa sino lo que hayamos vivido y hecho vivir al resto, las luces brindadas y las tinieblas que ahuyentamos; también las que trajimos. 

Lo que debemos es extender nuestra capacidad de amar, de sentir, de compartir hacia el máximo posible. Y no tener miedo. 

Porque estoy muy seguro de que este no es el camino que debemos llevar; que este no es el sentido natural y propio de lo humano; que nos hemos creído mentiras convenientes y ya va llegando la hora de asumir que lo hemos hecho muy mal y ser valientes de rectificar hacia lo esencial. Hacia la libertad máxima de vivir como desee cada uno, en compañía o soledad, en la exuberancia de la emoción o en el disciplinado estoicismo, respetando siempre las dos leyes fundamentales.

Y estoy seguro de todo esto porque en el último aliento que nos quede la pregunta no será “cuánto dinero tengo, cuánto me puedo llevar”.

Yo no elegí este lugar

Pero fue aquí donde cayó mi sangre. Aquí fue donde mi padre luchó contra sus demonios para demostrarle su amor a mi madre; aquí fue donde mi madre vio la luz de mi padre. Aquí comprendí que él, mi viejo, no se hizo una estrella para guardarme hasta que creciera sino que tuvo que pagar sus errores, lo de los demonios. Aquí aprendí que hay pactos que no se olvidan. Así comprendí la marcha de mi padre; así aprendí a valorar la lucha de mi madre. 

Aquí me mintieron por primera vez y aquí falté a la verdad en incontables ocasiones. Aquí vi y dije “te quiero” por primera vez, y aquí recuerdo que me dijeron “yo a ti ya no”. En esta tierra el corazón se me ha parado y ha vuelto a andar; aquí probé las lágrimas de los dos sabores más intensos y también he conocido las intermedias. Aquí me he emocionado, en la tierra que no elegí pero en la que me he hecho hombre. 
Y en este país he conocido la calle, la sensación de libertad, y sus rincones oscuros. Las maldades ajenas y las propias, mis luces y mis numerosas sombras. 

He visto el odio y he intentado profesar el amor. Y los nombres de mis amigos de la infancia descansan en las páginas del recuerdo de la primaria, y algunos aún quedan, y otros permanecen en las paredes del edificio que fue levantado ahí, también ahí, sin que le preguntasen a ni uno solo de los ladrillos si de verdad quería que ese fuese su emplazamiento. Hablo de la tierra misma, de la raíz, de la fuerza misma del pecho, del arado, del sudor.

De la risa que ha llenado estas calles, del miedo, del eco cuando he ido a la carrera. He sufrido el silencio de la angustia. He tenido el calor de los abrazos. He besado en recovecos de esta ciudad que ni siquiera sabía que existían. Tal vez no tenga sentido nada de lo que digo pero aquí es donde fue a parar la potencia de lo que puedo ser y, por fin, el acto de esa potencia se manifiesta. Nací en España, y en España me he hecho hombre.

En la cultura del trabajo, del esfuerzo, del carácter que impone el cierzo. Soy hermano de patria de genios como Cervantes, como María Zambrano o Miguel Servet. Y ojalá Goya pudiera pintar las emociones que trato de escribir aquí para que os resultara más fácil verlas. No espero que comprendáis lo que digo pero me gustaría que apartarais el odio irracional, la conveniencia, y valoraseis lo que el amor es y no lo despreciéis porque no es lo que queréis que sea.

Aquí aprendí a ir en bici, a jugar al fútbol en la plaza, a dar paseos y fortalecer mis piernas de niño cuando en casa la enfermedad de padre era más dura. Aquí he errado al gritar a mi madre y he aprendido del error de hacerlo; me he enfrentado a mis amigos y los he perdonado. Da igual lo que pase después porque todo esto es parte de mí y del lugar en el que he crecido. Un lugar en el que no nos ha faltado de nada, un lugar que nos ha dado oportunidades a partes iguales. 

Un lugar digno y noble que ha caído en malas manos… Que, seguramente, como yo, no ha elegido reposar en ese sitio en donde ahora se tambalea. 

Pero esas cosas no se eligen, ocurren, y es nuestro deber recuperar esa dignidad. Me entristezco cuando pensáis que España es solo fútbol y televisión porque es doloroso ver cómo los hijos hacen en sus padres la desexistencia. Pero, qué más da. Si cuando se quiere ver negro solo se ve negro, si cuando se quiere justificar el odio todo resulta ofensa. 

Aquí he conocido lo que significa amor, dolor, familia, lealtad. Y ha sido aquí como podría haber sido cualquier otro sitio del mundo, pero ha sido en España. Y me duele vuestro desprecio en lo más hondo, vuestra injusticia, porque parecemos el único país que no se respeta a sí mismo. Aquí he aprendido a ver, a conocer, a saber que se premia el esfuerzo y se castiga la pereza. Que la curiosidad por descubrir tiene posibilidad de ser saciada tantas veces como sea necesario. 

He aprendido… Sobre todo eso. Aquí he aprendido.

Puedo ser ciudadano del mundo igual que un árbol puede ser trasplantado. Y del mismo modo que el árbol siempre me sentiré mejor donde mis raíces hicieron suelo por primera vez, desde la misma semilla. 

La negligencia de mi humanidad

Hoy dormirá cobijado por sábanas rígidas de un marrón pálido, enfermizo. Unas sábanas que no ondearán a la brisa nocturna de los primeros compases de la primavera. Con suerte, a lo mejor, se le aparece un techo y duerme sobre suelo duro, aunque al abrigo, y pueda convertir sus sábanas en un improvisado colchón mientras obstaculiza la máquina que esclaviza al hombre, que lo aliena, que supedita su validez a los enteros que quedan en su nómina. Un colchón frágil, de un marrón pálido, de pura muerte. Quiero seguir asombrándome en la angustia, en mi inutilidad para remediarlo, cada vez que mis ojos intercepten la miseria.

Rezo, con mi corazón sostenido en la negligencia de mi humanidad, por que jamás se me antoje como algo normal. La pobreza no lo es; vivir en la calle tampoco.

Aquí opinan todos aunque no sepan de qué hablan.

Deben entrometerse. Estamos en un país en el cual el que no opina es porque no quiere. Cualquiera se cree con el derecho, el criterio y la formación suficientes como para sentar cátedra, porque lo que hacen es algo más que opinar a juzgar por el tono y la bravura que emplean, ya sea de física nuclear o de Filosofía Antigua.

No importa de dónde vengan. Da igual el tema. El caso es que parece que en España todo el mundo es capaz y está legítimamente amparado para despotricar sobre lo que no le gusta y del modo en el que quiera. Lo de la educación y la corrección es una historia que dejamos aparte por imposible. No tiene sentido suplicar por esos aspectos, tanto menos exigirlos.

Resulta que aquí cualquier colectivo, o casi todos, tienden a la radicalidad más extrema para defender lo suyo o, directamente, atacar lo que no les gusta o creen necesario atacar. Es así de simple. Y todos se alían en un cúmulo de vulgaridad entrometida, en una labor de intromisión social a la que no tienen derecho. No importa, además, que ayer los separase un abismo que dictaminaran insalvable. Cuando el interés propio, generalmente el metálico, está en peligro es importante afilar bien el índice y atronar la voz: la única posibilidad es acusar al objetivo de lo que sea, si es de fascista mejor, para intentar quedar de progre.

En esas estamos. Estamos en un país cuya crisis de identidad ha llegado a lo más hondo, a lo tan hondo que la luz del sol es incluso un sueño antiguo, la de la cultura y la sensatez una utopía. Porque aquí ya no se respeta ni a la justicia (que, ojo, no tiene nada que ver  con la Justicia en la que yo creo y con la que me gusta soñar, una Justicia libre y limpia) para que funcione un poquito mejor.

Es por eso que si eres un sindicalista o un actor al que le están tocando a un miembro de su misma índole cromática (que me hace a mí gracia ya lo de los colores y las ubicaciones) te vuelves loco y atacas mal, a destiempo y sin criterio alguno. Resulta, y lo digo de verdad, absolutamente lamentable que la justicia española se tenga que ver atada a una humillación constante; es tristísimo ver cómo los juzgados, los tribunales, se convierten en apéndices reales de un programa cualquiera del morbo y el corazón.

No. No se puede exigir un buen funcionamiento a un organismo cuando te interesa y zancadillearlo cuando te están aproximando el hierro candente a lo que pende, o se interna, bajo el ombligo. No es cuestión de protestar, de comunicar un desacuerdo, que es algo a lo que todos tenemos derecho. Es el hecho de que en este país las formas están tan perdidas de vista que cualquiera se sube al carro, en un impulso de marea poderosa, y mete quinta para empotrarse contra lo que le parezca oportuno.

Ese es el sentido de la responsabilidad en España. Lo de “el que la hace la paga” solo funciona cuando a ciertos sectores les parece bien y no importa si hay que cargarse el Estado de Derecho, si hay que entorpecer la misión de los jueces o si el paripé pasa por engañar al pueblo, tomarlo como imbécil y encima decirle que es culpa suya.

Los jueces de España, sin conocerlos en persona ni tener interés en ello, son personas que pueden equivocarse como cualquiera. Sin embargo su responsabilidad es elevada, muy alta, y por ello conviene propiciar un ambiente lo más saludable y alejado de presiones posible. Una sentencia puede ser siempre cuestionable,  por derecho propio, y de hecho siempre son cuestionadas. Están altamente imbuidas de la condición humana. Sin embargo deberíamos hacer, teniendo la que tenemos encima, lo posible para que sean tomadas siempre de manera prudente.

Lo mínimo para evitar seguir haciendo el ridículo y  dar el primer paso para que este país deje de estar dominado por grupos oportunistas e hipócritas que dan su apoyo de la manera más antigua posible. Utilizando la del mercenario y, bajo esta premisa, pasándose por donde mejor les viene algo tan antiguo como la función de los tribunales.

Seamos serios por una vez. El que la haya hecho que la pague, y que los jueces decidan lo más sensatamente posible. No obstante no quiero dejar de comentar algo que me intriga: cómo es posible acabar en el banquillo de los acusados por prevaricar cuando empiezas un juicio, nada menos que contra el franquismo, que ya ganaron otros por ti, entre ellos la Historia. 

No nos dejarán hasta que queramos que lo hagan.

El bombardeo es constante. Titulares falsos, evidencia de la vergüenza, permisividad concentrada hacia determinados focos, hacia concretas élites. Mientras tanto estamos perdiéndonos. La vida se nos escapa sin darnos cuenta de que somos más de lo que somos, de podemos más, de que tenemos sueños y que estos son tan nosotros como nosotros mismos.

No debemos esperar, ni exigir, que se den cuenta los demás. Es algo puramente propio, algo único que se basa exclusivamente en la identidad de cada uno. ¿Somos esto? ¿Somos de verdad este producto deshumanizado, sanguinario y frívolo? Tenemos el derecho y la posibilidad de creer en el espíritu, de confiar en el alma, y abrazar esa condición para acercarnos. Somos la misma especie, los mismos hijos de la misma tierra, una Tierra que no entiende de país o región, de moneda y suerte.

¿Qué podría pensar de nosotros un pueblo alienígena? ¿Qué podemos pensar nosotros mismos? Esta pregunta es más importante que la primera, pero la tercera es la clave, ¿qué pensarán los que vengan heredando nuestra sangre, nuestras ganas de vivir, nuestra identidad toda? Estamos construyendo, por inactividad, el camino directo a la debacle, a la pérdida más ferviente y dolorosa de la fe más auténtica que existe: la fe en lo humano.

Vendimos, algunos más y otros menos, algunos a un precio más alto y otros menos, lo que nos conmueve, lo que nos une y nos hace iguales. Tal vez quede algo, algo más que la esperanza de creer que seguimos siendo en lugar de imaginar que alguna vez fuimos más que nuestras posesiones, más que el dinero. Que la validez de cada cual no tiene nada que ver con el aprecio que le tiene quien mande.

Somos más interesantes que todo eso. O deberíamos serlo porque ya lo fuimos. ¿Está nuestra mente condenada a ser el patio de recreo de aquellas bacterias, enfermedades, que nos inoculan a diario? Podemos pensar como ya hicimos, podemos soñar como solemos hacer aunque cada vez con menos frecuencia.

¿Qué es eso que aparentemente nos hace distintos? Lo suficientemente distintos como para justificar la masacre, el atentado, la violación sistemática de nuestra calidad de milagro. Un azar cósmico, a lo largo de un tiempo incomprensible para nuestra capacidad pensante, nos trajo aquí. Nos depositó con sumo cuidado en un ambiente duro, hostil, que poco a poco fue superado.

¿Y ahora? Ahora que no hay tal ambiente hostil, que podría facilitarse la vida, los hostiles somos nosotros. Y lo somos para con nuestros iguales. No hay sentido, no puede haberlo. Pero la libertad de elegir siempre existe, siempre queda porque, como ya sabemos, siempre hay una elección, por mínima que sea, y ésta tiene la posibilidad inherente de cambiarlo todo, por grande que sea.

Así que podemos elegir. Quedarnos o marchar. Quedarnos en el actual estado de abulia enferma o marchar a buscar nuevos horizontes donde el Hombre se vea en la necesidad de probarse a sí mismo, de reivindicar su existencia, para demostrar que tiene el deseo de vivir.

Se trata de reemprender un viaje a los inicios ontológicos de lo humano, al origen mismo de lo que se supone que somos solo que con todas las ventajas de hoy. Aprovechar lo avanzado para seguir haciéndolo en lugar de para conformarnos con el lugar alcanzado mientras zancadilleamos a otros, mientras quedan sometidos a un azar para nada cósmico sino mezquinamente humano. Un azar controlado por unos cientos.

No seamos necios. La oportunidad de ser está relacionada de manera directa con la capacidad de pensar, de analizar y de sentir. Pero estamos olvidando cómo hacerlo. Estamos convirtiéndonos en amebas del consumo, en fagocitos obsesionados con el bulto numérico de la cuenta corriente o la caja de ahorros.

¿Es para todo esto para lo que llegamos aquí o, de otro modo, podemos reorientarnos? Reorientarnos hacia un punto que ya marcaron otros muchos, siglos antes, cuando la Tierra era dura y hostil.

Bzzzzz Bzzzzz Bz!

Hemos despertado en la colmena.

Las abejas reinas, que hay demasiadas, dicen que es cosa de todos recuperar los litros de miel perdida por sus desvaríos, abulia, apatía y torpeza. Ahora tenemos, todos los zánganos y obreras,  que levantarnos para batir las alas con más insistencia en una primavera de futuro incierto y un incierto futuro que a lo mejor no ve más primaveras. Debemos esforzarnos más, aportar más ideas, más músculo, más coordinación en el vuelo para que la jalea, que ha de ser de quien la merezca, no se agrie, para que la colmena no se desmorone desde sus cimientos.

Han delegado en nosotros, al fin y al cabo, en su única esperanza. ¿Por qué? Ahora sus vibraciones se comunican directamente sobre las nuestras, para que entendamos la urgencia… Me parece extraño, e insultante, que no pierdan la sonrisa mientras muchas de nosotras, abejas útiles que aportamos todo lo que podemos y algo más a la comunidad de esta colmena,  hemos perdido, en algunos casos, hasta las alas.

Ahora parece que quieran prescindir de la camaradería entre el pueblo que trabaja y ayuda, que construye y produce. Quieren una lealtad patriótica que se base en una conducta feudal que creen que aceptamos de buen grado. No piden ni ejercen la camaradería que necesita esta colmena, la de ellos por todos nosotros. No es concebible que esperen que nuestro batir en el vuelo ahorre el suyo.

No es justo que cuenten ahora con nosotras, con todas nosotras, para enderezar esta situación, a la que llegamos cuando obraron por su cuenta de la codicia sin acordarse de las zonas menos  “nobles” del panal. Tenemos que manifestar nuestro desacuerdo, tenemos que trabar por y para nosotros, para los que hemos hecho esto posible. Por las generaciones pasadas, como homenaje, y por las futuras como regalo de compromiso.

Somos muchas abejas, muchísimas, y nuestro zumbido esforzado debe prevalecer sobre todos sus esfuerzos de evasión de responsabilidad. Reconozcámoslo de una vez, ancianas y jóvenes, abejas todas: la colmena, que es nuestro hogar; la miel, que es nuestro sustento; nuestro trabajo y también nuestra vida… Han sido secuestradas por esa élite cerrada de abejas gordas, barrigudas en su estutlticia, que no hacen sino soplar los vientos más gélidos contra nuestras alas.

No queremos eso.

Queremos la libertad que merecemos. La que nos hemos trabajado. Queremos que se den cuenta de qué es a lo que han renunciado y que nosotros ahora renunciamos a creer en el falso llanto de la necesidad, la colectividad y la patria colmena.

Es nuestro momento de alzarnos y el suyo de arrepentirse.

No somos sino víctimas.

Tras el infierno solo te preocupan dos terribles entelequias. Una es el colector de vidas, la otra es el colector de almas. La primera te preocupa porque no sabes cuándo habrá de entonar su voz para cantar la búsqueda de tu nombre; la segunda te preocupa porque nunca sabes cuándo dejará de atormentarte, y porque sabes que mientras el colector de vida no cante tu hora estarás a merced de la desdicha.

Si mueres, donde sea, y has sido más o menos noble, más o menos honesto, tu alma emprende un viaje a otro lugar que por muy malo que sea no será tan penoso, ridículo y absurdamente cruel y destructivo como el infierno del que salimos los atemorizados por la locura derivada de la persecución incansable del colector de almas.

No tenemos ya nada, yo al menos no. Se quedó con todo lo que era mío, lo que era yo, en cada estallido, en cada mirada vacía de ojos llenos de ira, temor, incomprensión, masacre y piedad. Todo junto.

Le dimos todo el poder que podría necesitar cuando dijimos sí; otros se lo dieron cuando monstruos, que dicen ser hombres, más poderosos asintieron y dijeron quiénes debían ir. Las inyecciones de moral no nos convirtieron en héroes sino en músculos entregados a un único propósito. No temer.

Y entonces esa promesa era lo suficientemente valiosa como para aceptar.

Ahora el sufrimiento es indescriptible, y el miedo muchísimo peor. No somos héroes, jamás lo fuimos. Solo víctimas, presas, maquinales que sucumbieron, desde el inicio de la barbarie, al colector de almas. Solo somos, soy, otro número en adición a esa interminable, e infinita, cola de muertos sin cadáver.

Muertos que aún caminan y que notan raro el sabor del amanecer en sus retinas.

Aunque la conozca de memoria.

Cada vez que la veo, aun habiéndome aprendido cada uno de sus gestos de memoria, siento que mi futuro debe construirse en torno a los vicios de su movimiento. No puedo cambiarlo. No aun habiéndola visto más de un millar de veces. Sé que la extensión de nuestra fe necesita un cobijo, un lugar, para poder crecer en la intimidad propia y madurar el concepto, ya más serio, de pareja independiente.

Sé que sus sueños han de convivir con los míos en un hogar de respeto, de cuanta calma sea posible, y sé que habrán de sorprenderme a cada instante a pesar de que puedan mantenerse intactos durante gran parte de nuestra vida. Es eso. En cada sonrisa, en cada intermitencia de la mirada, donde encuentro el aire que insufla las esperanzas de tener una vida propia con ella, una casa propia a la que llamar hogar, un remanso pacífico donde criarnos y criar a los hijos que espero tener con ella algún día.

Es eso, resumiendo, un futuro. Donde llorar de emoción sobre la piel inconclusa de cualquiera de nuestros posibles hijos sabiendo que es lo mejor que he podido hacer en mi vida. Esa es la esperanza, un futuro. Una vida en común para compartir las pesadillas y el descanso. La piedad de la independencia y la seguridad que otorga el saber que quienes amas están a salvo contigo. Saber que te aman también y confesarles, en silencio pero con todo el significado de la respiración o tranquila, o del suspiro, que son todo lo que eres y que eres todo lo que te precede. Que a pesar de los errores previos, de todo lo anterior, estás dispuesto a buscar lo más digno de ti para entregárselo sin apretar los labios, solo los dientes.

Y como yo hay mucha gente. Gente con las mismas aspiraciones, el mismo sueño. Y el mismo y único problema.

La incapacidad ajena, heredada, de una clase contemporánea que por esa misma condición atenta contra los fundamentos de su existencia. No es justo, en absoluto, que la posibilidad de realización de nuestros sueños se vea truncada, y directamente unida, a la (in)competencia de unos individuos que solo creen y confían en el interés propio y ninguno más lejano que su élite de compinches.

El éxito o fracaso de cada uno debería estar sujeto a su capacidad de esfuerzo, a las circunstancias y, por qué no, a los cambiantes vientos de la fortuna. Pero aquí no. No en este tiempo ni en esta España. No en un lugar en el cual el trabajo o la superación personal son hitos legendarios de una época en la que la intimidad valía algo, en la que existía un honor, en la cual no existían programas de una visceralidad truculenta dedicada al escarnio y la vulgaridad más extrema. Una época (que quizá nunca existió y solo la invento para salvarme) en la que un Estado velaba por la seguridad, tanto física como mental, del ciudadano. En la que la Cultura, con mayúscula inicial, tenía valor por sí misma.

Así que este es el momento de invocar lo más auténtico que tengamos dentro. Desprendernos de la casi obligatoria tristeza a la que nos está abocando este cúmulo hediondo de políticos ricachones y llamar a la pasión que derrita el velo de acero que aitere nuestras mentes y opaca nuestra vista. ¿Es necesario seguir esperando a que el tiempo decida? Yo creo, por mí y por la familia y el hogar que espero constituir algún día, que deberíamos ayudar al propio tiempo, adelantarnos a él, y decirle a ese rebaño de vampiros sin formación (ni interés por tenerla) y que todos sabemos identificar perfectamente y que perfectamente son visibles a las dos orillas del mismo río, que nuestra esperanza, nuestra fe y nuestros sueños tienen más validez que su avaricia, sus ansias codiciosas, que su cuestionable integridad moral y apreciación de la Justicia (esta también con mayúscula, por matizar).

No es justo. Pero no sirve decirlo. Hay que luchar por lo que se quiere, por lo que se cree, y estoy convencido de que no hay creencia más poderosa, más decisiva, que la lucha por los sueños a través del esfuerzo honesto y sincero. No más que eso.

No más que por amor a quienes queremos; no más que por amor propio. Por las necesarias manías de la persona con quien compartimos la cama, nos enraizamos en las sábanas y nos lamemos la piel. Por poder hacerlo en el reino de los dos, y no en el de los padres o en el de la caridad o el de la propia calle.

Brea en el cielo.

Con el aire gélido abrasando mis pulmones he caminado, paso a paso, sobre la previsión catastrófica de lo que nos aguarda. He caminado tranquilo, meditabundo, si acaso pensando en alguna posible solución o, al menos, una manifestación de nuestra identidad como pueblo. He estado hundiéndome el rostro tras el vaho ardiente que emanaba de mi boca al estremecerme por los charcos congelados de la calle.

Pensaba en primavera. En una primavera real, estacional, y una social. En un resurgir lleno de vida.

Y he visto a los pájaros. Han sido como una mancha de brea, densa, extendiéndose desde el techo de la estación central de la ciudad. Han aparecido de la nada. Con una agilidad asombrosa, huyendo de un frío terrible que se ceba con los caminantes y trabajadores que se mueven en la intemperie. Un frío bajo un cielo enrojecido de ira y dolor que canta poemas desesperados desde un alba de sangre.

Pero no puedo perder el optimismo ni la ilusión. No puedo hacerlo porque los pájaros no lo han hecho. Con su cuerpo diminuto, fácil presa del frío atroz que lo devora todo, se han lanzado en grupo, unidos, en un vuelo sincronizado y hermoso. Un vuelo de movimientos de verso, con ritmo y música interna tan bellos que no he podido sino detenerme, respirar más hondo aún, y sentir que el frío no solo atenúa sino que también puede hacerte despertar.

Despertemos entonces. Todos.

Fijémonos en los pájaros, pero no en el sentido de que emigran para huir… Sino en el sentido de que no temen al frío, ni a las condiciones de lo que los rodea, para llevar a cabo su vida y lanzarla un poquitín más lejos, dentro del grupo, del clan.

Es lo mínimo que puedo hacer.  Sobre todo por ti, por mí, y por los hijos que sospecho que algún día podrán surgir como fruto palpable de la complementación perfecta de nuestras almas. Es lo mínimo, por los que vendrán y por nosotros, ya que somos quienes deberemos guiarlos. Y no quiero renunciar a la satisfacción que reportará el hacerlo dignamente y desde la honestidad.

Es evidente, entonces, que intentarlo merece la pena y que toda penuria es nada si se compara con la permisividad ante el abuso por el simple, pero tan doloroso y grave, hecho de no hacer nada.

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