En el olor de las Lezas.

Vale, sí. Todo lo que dices es cierto. Es más, ni siquiera voy a objetar nada. Lo acepto, lo asumo, lo que tú quieras. En serio. Pero, dime una cosa, ¿quién podría haberse imaginado algo así? Vamos a ver, seriamente. Quién podría haberlo hecho.

Lo del abuelo fue crucial. Yo me acuerdo de cuando todas las tardes nos llenaba el sonido de sus siestas, y me acuerdo más aún de cuando nos comenzó a asfixiar el silencio de cuando ya no las hubo. Me acuerdo, perfectamente, de cómo se quebró algo fundamental en todo esto, en todo cuanto nos rodea y que dices que ha cambiado, y cómo, a su vez, se reforzó de algún modo.

Tampoco me olvido del padre de los dos chavales, apenas podía conocérsele con profundidad. Solo su mujer, ya sabes. Claro que lo sabemos. Pero parecía un buen tipo. A pesar de cuales fueran sus errores, a pesar de cuánto puedan llegar a pesar sus fallos en el futuro de sus hijos, e incluso ya en su presente.

Me imagino que te habrás fijado en que ya han crecido. Date cuenta, sé honesto. Han crecido. Son jóvenes, fuertes, sanos. Todo lo que tú quieras. Lo del abuelo les resultó muy duro. Todo ese arcón de memoria y recuerdos, de momentos compartidos con aquel que los guió por el camino que su padre dejó de transitar por eso de ser llevado de la mano por la parca. Oscura desdicha, pago de las deudas respecto a la vida. Resulta poético. De hecho lo es, lo es porque también es cruel.

Fue la gota que colmó el vaso. Cómo no pudimos darnos cuenta de que aquello iba a reestructurar la mente de todos nosotros. Empezando por la suya primero, aquel joven que no perdió la sonrisa de la despedida ni huyó del desconsuelo. Tan arrastrando sus pies por un cansancio que en realidad no era entero suyo sino más bien un poco de todos, de cada uno, de todas las mujeres de la familia que lo abrazaron ya más como a un hombre que como a un niño; y también respecto de los hombres que lo abrazaron a él para conferirle una confianza, un depósito de fe como diciéndole “muchacho, ya es tu momento. Ya sabes, tu segundo padre”.

La gratitud del crío, que era un crío a fin de cuentas, no podía ir más allá de donde fue. Creo que su sentimiento ha sido lo primero en cruzar allende lo que sea el límite del Universo. Cruzó el entero Cosmos, lo juro que lo sé. La gratitud del crío, del mozo que portaba el ataúd con los brazos añadidos a la fuerza de sus primos, más mozos que él, más duros, más hechos y fornidos de existencia pero, posiblemente, no tanto de dolor y de alma.

El ataúd pesadísimo sobre el que recaía la potencia indefinida del juicio divino de la propia vida y, al mismo tiempo, la ligereza del alma cuando fue, y cuando va, hasta el cementerio a observar una lápida que no hospeda nada sino polvo que será polvo más antes que luego.

Porque él sabía dónde habría de buscar de nuevo el sonido de aquellas siestas insoportables del abuelo, sabía dónde había quedado el resoplido impaciente, sus gritos al árbitro en el partido de los sábados y los bufidos de indignación surgidos de los finales insulsos y absurdos de los libros de hoy en día.

Conoció dónde hacerlo porque le animamos a creer. Le dijimos, “venga, muchacho, no te dejes caer, ven aquí. Ven a nosotros, que somos los que estamos en cualquier lugar a todo instante, y déjate caer de espaldas sobre tu propio conocimiento”, le dijimos “confía”.

Y confió. Ya lo sabes, lo sabes mejor que nadie. Porque es aquí adonde más suele venir. ¿Ves todo esto? Es mucho más hermoso desde que lo animamos. Por el amor de los dioses, por todos y cada uno de ellos, esto rebosa vida. Encontré a su padre el otro día. ¿Te lo puedes creer?

Claro que han cambiado las cosas aquí. ¡Cómo no iban a hacerlo! Acuérdate de cuando el follaje de nuestros árboles eran cenicientos soplos de antigua existencia. Fíjate ahora. Nos llueven las esmeraldas, nos aguarda, a veces, una fría manta de bajo nuestros pasos que es de la forma y color mismos de aquel maná de salvación que enviamos al desierto.

Ese crío, o ese hombre. Yo qué sé. Nos hizo caso. Estoy loco de alegría. Lo estoy porque incluso cuando llora, cuando ahora mismo que lo veo escribir con afán, con locura de ansia y sin cansancio en ninguno de sus pensamientos, puedo compartir con él cada uno de los sonidos del universo entero.

Si todos los hombres, si todos, todos ellos en su compleción como especie confiaran, si todos escuchasen cuando les decimos que se dejen caer en lugar de aferrarse a esos salientes puntiagudos y asesinos de los acantilados de la angustia, ¿qué podríamos encontrar?

Siento todo el amor. Siento toda la confianza, toda la fe del muchacho. Siento cada una de sus lágrimas reflejadas por el sol de las tardes que lo custodia en su ascenso al lugar donde reposó el cuerpo por última vez aquel su padre también. Porque no nació de él, pero de él creció. De todos los momentos que tuvo para él, de todas las riñas y las risas, de las palmadas en la espalda. Igual que hiciera con sus primos. Tal vez a él le dedicó más de sí. Más amor y más severidad. Porque el abuelo sabía. El abuelo conocía los peligros del abandono.

Fíjate en el mundo, fíjate en cómo puede cambiarlo. Cómo puede moldear las apariencias, la gelidez del cierzo, el viento de su patria, y el calor de los montes pardos de verano y profundos de abril, de noviembre y enero. En su perfumada humedad de pino y chimenea que se encarama a los cielos nocturnos pobladísimos de estrellas.

Obsérvalo profesar una fe más profunda que cualquier otra. Obsérvalo ser valiente y no sentir vergüenza individual sino compartida por las injurias del hombre, por cada una de ellas.

Todo porque escuchó nuestro susurro. Por ello mismo, por caminar en los sueños que le entregamos de vez en cuando para reencontrarse con lo que anhela, con lo que más ama, con la sonrisa de aquellos que ya no puede tocar sino en la levedad onírica. Si no en nuestros regalos.

Dime, dime entonces mirándome a los ojos que no te estremeces como yo. Que no sientes tambalearse en un seísmo ancestral cada uno de los átomos de pensamiento y creencia que nos componen. Nos ha dado tanta fuerza, a nosotros y a nuestro hogar, tan solo por dedicar una definición a lo que necesita, a lo que cree requerido para comprender y ser feliz.

Y la expande.

Lo veo sembrar la duda y llenarla. Lo veo hablar, lo vemos hablar. Lo hace demasiado, eso es cierto. Y lo veo escuchar. Y mirar, sobre todo mirar con esa dedicación de hermano atento, de persona visceral que es. Lo veo apasionarse al comprobar que todos, que absolutamente todos, requieren del mismo gesto, del mismo abrazo, para llenar las ausencias terribles que la vida trae consigo.

¿Es mucho decir que él les susurra lo que nosotros? ¿Es mucho decir que los invita a escuchar y que muchos escuchan? Yo puedo ver, puedo ver con toda claridad desde aquí, desde la seguridad vaporosa que otorga la calidad de lo intangible, y observo, y comprendo y siento.

Está lleno de muchas dudas, está lleno de preguntas y asimismo deseoso de encontrar la vía de comprender, de comprender hasta lo tácito. Sabe que en realidad es inexperto, es ignorante y es humano.

Vulgarmente humano y, al mismo tiempo, maravillosamente. Porque lo sabe, lo sabe. Dices que todo esto ha cambiado, y yo lo confirmo. En este hogar algo se alteró desde el mismo día en el que lo colocamos en la prueba definitiva de fe. El aro de fuego o como lo quieras llamar.

Ya por entonces sabía que el curso universal e inquebrantable corría lamiendo las orillas, devorando rocas de aquí y depositándolas allá. Siempre que puedo retrocedo al momento en el que su hermana golpeó contra el suelo la correa del perro y dio un puñetazo al portal de casa y él la abrazó y le dijo que era la vida, que no podía ser de otro modo, que no se había ido en realidad sino que había terminado aquí el viaje.

No culpó a nadie, no blasfemó ni atrancó su dolor. Lloró con ella, la abrazó con toda la firmeza de la que era capaz, tratando de no derrumbarse. Porque, santo dios, yo lo oí crujir en toda su extensión. En cada nervio hasta el tuétano.

Y se sumergió en las lágrimas de su hermana y supo que pensaba también en su padre y él caminó en el tiempo hasta cuatro días antes, a lo mejor cinco o seis, en cualquier caso un suspiro para nosotros, cuando se cruzó con ellos antes de partir hacia el sur.

Y sonrió, y los vio sonreír y los vio plenos de alegría y ternura. Y él se marchaba, se marchó tras besarlos, tras pensar que volvería a hacerlo como si la vida fuese eterna, como si la cosa solo tuviese una cara y la otra, la no menos hermosa pero sí doliente, no fuera con él, ni con ellos.

Comprendió. Comprendió después la vertiginosa verdad, la crucial implicación que conlleva el caminar hoy y no saber si podrás avanzar mañana. No esquivó, no dijo no, no dijo mentira ni juramentó contra los cielos.

Tal vez ahora, ahora que lo veo llorar y es por lo que lloro, se pregunta si debió abrazarlos más fuertes, sentirlos más cerca… se pregunta si todo esto ahora tiene sentido o si es mejor, sin más, rendir tributo con la sal líquida de sus ojos al alma inmortal de donde se encuentren allá sus dos padres.

Mientras lo hace, mientras llora sin atragantarse pero sin sollozar demasiado alto, confía en que lo vigilan, en que lo guían en que antes o después volverán a sus sueños y cuando menos se lo espere, en alguna foto, verá cómo brillan sus ojos de una manera en la que es imposible que una imagen lo haga y convivirán en él, a la par, la certeza de que eso fue magia y al mismo tiempo algo imposible.

Volverá al equilibrio, a su equilibrio de fe y optimismo y nos estremecerá de nuevo y cambiará la forma del pensamiento que hasta a nosotros mismos nos ha llegado, hasta el reino de sus adentros, a las profundidades del alma.

Ya sé que antes no éramos así, que antes éramos sobrios y definitivos, tajantes y pulcros. Que nos dedicábamos a observar, que no nos inmiscuíamos y que no había peligro de nada.

Sé que antes estábamos ahí igual que aquí, que esperábamos sin más… Ya sé que todo ha cambiado, que las cosas no son como eran pero, dime, quién mejor que nosotros habrá de saber que los tiempos se alteran y que los milagros ocurren. Quién mejor que nosotros puede dar testimonio innegable de la trascendencia de creer sinceramente, de no censurarse y de ser sin más.

Sé tanto acerca de él y por él. Sé que ahora no sabe qué hacer con todo esto, sé que ahora está aliviado, está feliz de llorar, sé que sabe que yo también lo hago y que le profeso una profunda gratitud.

Lo amo. Amo que no me dé la espalda, que me deje gritar, hablar, y existir. Que no me sepulte bajo la losa del progreso y la evolución. Ya sé que antes éramos distintos, que nuestros valores, nuestras costumbres y formas de hacer las cosas se han visto alteradas, sé que la familia ha cambiado pero, ¿sabes una cosa? Me alegro de ello. Me alegro de que en cualquier momento, en cualquier lugar, pueda ocurrir el mismo milagro… Que el dolor no lleve al silencio sino a todo lo contrario.

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